Los contenidos de este artículo vienen a completar de alguna manera lo expuesto en nuestro trabajo anterior titulado «La investigación del microrrelato en España», que fue publicado en el primer número de esta misma revista. Como explicamos allí, dejábamos pendiente para esta nueva ocasión «el repaso de los principales microrrelatistas españoles y sus obras más importantes».
En este artículo se expone de manera sucinta la historia del microrrelato español, desde sus orígenes hasta la actualidad. Entre los autores de la primera época, ubicada entre el Modernismo y las Vanguardias, destacaron escritores como Juan Ramón Jiménez, Ramón Gómez de la Serna, José Moreno Villa, o, entre los más jóvenes, Federico García Lorca o Luis Buñuel. Durante los años de la dictadura franquista, permitieron la continuidad del género autores de la talla de Max Aub, Francisco Ayala y Fernando Arrabal, si hablamos de los del exilio, o Ana María Matute e Ignacio Aldecoa, que, desde el interior, recrearon en sus microrrelatos las duras condiciones de vida en un país envilecido y empobrecido como consecuencia de la Guerra Civil y la dictadura. A partir de los años ochenta, junto con el desarrollo de las primeras teorías sobre la minificción literaria, comenzarán a multiplicarse los microrrelatistas españoles. Hoy en día, el género del microrrelato se ha consolidado en nuestro país y cada vez son más sus cultivadores y lectores, así como los investigadores y críticos dedicados a su estudio. Varias de las antologías más recientes sobre el microrrelato español dan cuenta de la vitalidad y la buena salud de la que goza la producción micronarrativa en España.
Los orígenes históricos. Del modernismo a las vanguardias
Los inicios del microrrelato en nuestro país pueden situarse entre la introducción del Modernismo y el final de las Vanguardias. Como fecha fundacional, no obstante, a menudo se ha recurrido al año 1906, en el que Juan Ramón Jiménez fechó su microrrelato titulado «El joven pintor». Es con este microrrelato, precisamente, con el que Irene Andres-Suárez abrió su Antología del microrrelato español (1906-2011). El cuarto género narrativo, hito ya en la historia de la investigación minificcional. Irene Andres-Suárez, al hablar del escritor moguereño en su Introducción, nos explica el porqué de su decisión:
Sus más tempranos cuentecillos se remontan a 1906 («El joven pintor», con el que se abre esta antología, es de esa fecha y se trata de un texto misterioso y ambiguo en el que se funden narración y lirismo) y estaban destinados a su libro inédito Cuentos largos, y ésta es también la fecha de redacción de las prosas de Platero, según Teresa Gómez Trueba, entre las que se hallan ya algunos textos que pueden ser leídos como microrrelatos[1]Irene Andres-Suárez, Introducción, en Antología del microrrelato español (1906-2011). El cuarto género narrativo, Cátedra, Madrid, 2012, pp. 31-32. Véase Teresa Gómez Trueba, ed., Cuentos … Continuar leyendo.
Junto con Juan Ramón Jiménez, serán Ramón Gómez de la Serna, con sus numerosos «disparates» y «caprichos»[2]Véase Ramón Gómez de la Serna, Disparates y otros caprichos, Luis López Molina, ed., Menoscuarto, Palencia, 2005., y José Moreno Villa, con sus Libros I y II de su obra miscelánea Evoluciones. Cuentos, caprichos, bestiario, epitafios y obras paralelas (Calleja, Madrid, 1918), los máximos representantes del cultivo de la micronarrativa en este periodo que va del Modernismo a las Vanguardias. Sin duda, abrieron la espita para que los jóvenes autores de vanguardia no sólo cultivaran el microrrelato, sino para que introdujeran en él algunos de los temas y técnicas literarias más innovadores del momento. Hablamos, sin ir más lejos, del propio Federico García Lorca, no estudiado como microrrelatista hasta la primera década del siglo XXI, sobre todo a partir de la publicación de la antología Pez, astro y gafas. Prosa narrativa breve, editada por Encarna Alonso Valero, quien afirmaba en su Introducción que los breves textos lorquianos contenidos en el libro «son piezas que relatan historias, de manera que podría ser muy enriquecedor verlos a la luz de las nuevas teorías sobre el microrrelato»[3]Encarna Alonso Valero, «Un árbol de sorpresas: la prosa narrativa lorquiana», en Federico García Lorca, Pez astro y gafas. Prosa narrativa breve, Menoscuarto, Palencia, 2007, p. 15.. Lo mismo podría decirse de muchas de las composiciones de otros jóvenes autores de vanguardia tan dispares en lo ideológico y en lo literario como fueron, por ejemplo, Jorge Guillén, José Bergamín, Luis Buñuel, Jardiel Poncela, Samuel Ros o José María Hinojosa, quienes contribuyeron, en última instancia, al desarrollo de lo que Domingo Ródenas de Moya ha denominado la «estética de la brevedad del Arte Nuevo»[4]Domingo Ródenas de Moya, «El microrrelato en la estética de la brevedad del Arte Nuevo», en Irene Andres-Suárez y Antonio Rivas, eds., La era de la brevedad. El microrrelato hispánico, … Continuar leyendo.
Guillén publicó en diversas revistas de la época algunos microtextos «que llamó “Airecillos” (textos muy breves de intención cómica), “Florinatas” (cercanas a la expresividad del haiku, que tanto gustó a los ultraístas) y las “Ventoleras” y “Frivolidades” (casi cercanas al cuento), a la vez que iba cumpliendo el largo trayecto poético de Cántico»[5]José Carlos Mainer, Modernidad y nacionalismo (1900-1939), en Historia de la literatura española, vol. 6, José Carlos Mainer, ed., Crítica, Barcelona, 2010, p. 540. Tal y como ha señalado … Continuar leyendo. Bergamín, aunque cultivó principalmente el género gnómico del aforismo, también compuso algunos textos que hoy podemos clasificar como microrrelatos, entre ellos: «[Herodes]» y «No estaba muerta», de El cohete y la estrella (Índice, Madrid, 1923), o algunos de los incluidos en su obra Caracteres (3er suplemento de Litoral, Imprenta Sur, Málaga, 1926). Buñuel, más conocido como cineasta que como escritor, compuso en los años veinte, sin embargo, una serie de textos que en la actualidad pueden ser leídos y estudiados como microrrelatos, pese a que varios de ellos ciertamente se encuentran en los límites entre el poema en prosa narrativo y el microrrelato lírico; algunos ejemplos son «Una traición incalificable» (Ultra, 23, 1922), «Ramuneta en la playa» (escrito en 1926 pero inédito hasta 1982), «Una historia decente», «Proyecto de cuento», «Menage à trois» (escritos en 1927 pero inéditos hasta 1982), «Redentora» (La Gaceta Literaria, 50, 1929), «Olor de Santidad» (La Gaceta Literaria, 51, 1929) o «Palacio de Hielo» (Hélix, 4, 1929) [6]Los cinco primeros fueron agrupados bajo el epígrafe de Primeros escritos por Agustín Sánchez Vidal, editor de la obra literaria del cineasta y escritor aragonés. Los tres últimos, sin embargo, … Continuar leyendo. Poncela, por su parte, integró en su libro misceláneo Pirulís de La Habana (lecturas para analfabetos) (Popular, Madrid, 1927) algunas composiciones que por su grado de concisión se encuentran ubicadas en la frontera entre el cuento y el microrrelato, pero que, en cualquier caso, deberían ser tenidas en cuenta por cualquier estudioso de la minificción literaria en España. Nos referimos, por ejemplo, a «Una infamia en alta mar», «Advertencias al pie del cartel», «El somarova» o «Un abanico demasiado moderno». Ros incluyó en su colección de relatos Marcha atrás (Renacimiento, Madrid, 1931) la serie micronarrativa titulada «Artículos de saldo», compuesta por cinco textos que pueden leerse de manera independiente, aunque aparezcan agrupados bajo un signo común: «Cabeza de cuento», «Tronco de cuento», «Ombligo de cuento», «Extremidades superiores de cuento» y «Extremidades inferiores de cuento». Asimismo, en una colección de relatos anterior titulada Bazar (Espasa-Calpe, Madrid, 1928), el autor valenciano había integrado la sección «Minúsculas», en una línea, eso sí, más gnómica que narrativa, pero que es sintomática de su interés por lo hiperbreve. Hinojosa también ha pasado a ocupar un espacio relativamente importante en la historia del microrrelato español gracias a algunos de los textos de corte surrealista contenidos en La flor de Californía (Imprenta Sur, Málaga, 1928, con carta-prólogo de José Moreno Villa), en los que, por un lado, parece predominar la narratividad ―tal y como indica Ródenas de Moya, «son relatos aunque sean leídos como poemas en prosa»[7]Domingo Ródenas de Moya, Introducción, en Prosa del 27. Antología, ed. cit., p. 92.― y, por otro, manifiestan un alto grado de concisión. Hablamos, fundamentalmente, de «Ella y yo, solos» o los «Textos oníricos» II, III y V.
La evolución del género durante los años de la dictadura y la transición
De los años de la inmediata posguerra, es decir, de la década de los cuarenta, poco puede destacarse en relación con la evolución del género del microrrelato, si bien es cierto que, gracias a la labor del investigador Fernando Valls, hoy podemos hablar de algunos autores que, aunque de manera poco sistemática, cultivaron la micronarrativa en aquellos oscuros años, sirviendo de puente entre el final de las Vanguardias y el surgimiento de la nueva generación de escritores de los años cincuenta. Nos referimos, por ejemplo, a Samuel Ros ―ya mencionado en el apartado anterior―, con «Hallazgo», procedente de Cuentas y cuentos. Antología, 1928-1941 (Editora Nacional, Madrid, 1942), y a Tomás Borrás, con «La misión del héroe», de La cajita de asombros (Ediciones Artísticas, Biblioteca Danae, Madrid, 1946), o con los por él mismo denominados «cuentos gnómicos», de Cuentacuentos (Nos, Madrid, 1948) [8]Véase Fernando Valls, «Soplando vidrio. Sobre dieciocho narradores españoles cultivadores ocasionales del microrrelato (1942-2005)», en Soplando vidrio y otros estudios sobre el microrrelato … Continuar leyendo. Siguiendo a Ródenas de Moya, también podríamos situar aquí Bagatelas de otoño (Biblioteca Nueva, Madrid, 1949), libro de Pío Baroja que «estaba compuesto casi totalmente por “historias y anécdotas” que el novelista califica de “pequeñeces”, independientes unas de otras, sin continuidad ni cohesión, entre las que abundan los relatos de pocas líneas, cada uno singularizado por un título» [9]Domingo Ródenas de Moya, «Consideraciones sobre la estética de lo mínimo», en Teresa Gómez Trueba, ed., Mundos mínimos. El microrrelato en la literatura española contemporánea, Llibros del … Continuar leyendo.
Cabe decir que, durante sus respectivos exilio y autoexilio en América, tanto Juan Ramón Jiménez como Ramón Gómez de la Serna continuaron componiendo microrrelatos. Muestra de ello es, por un lado, el libro póstumo del moguereño titulado Crímenes naturales, que «engloba prosas tardías, probablemente en su mayoría de la época americana (1936-1954)»[10]Teresa Gómez Trueba, «Procedencia de los textos seleccionados», en Juan Ramón Jiménez, Cuentos largos y otras prosas narrativas breves, ed. cit., p. 45., y, por otro, la colección del madrileño titulada Caprichos, pergeñada en Buenos Aires aunque publicada por la editorial catalana AHR en 1956 y que, como ha señalado Antonio Rivas ―autor de la tesis doctoral titulada La narrativa breve de Ramón Gómez de la Serna (Universidad de Neuchâtel, 2009)― «es importante por dos razones: en primer lugar, porque en él aparecen única y exclusivamente textos breves de carácter narrativo; y, en segundo lugar, porque a esta edición se trasvasa una gran cantidad de narraciones procedentes de los libros misceláneos anteriores»[11]Antonio Rivas, «Ramón Gómez de la Serna: una lectura de sus “géneros nuevos”», Aula de español, 7, 2006, p. 40..
También en el exilio estuvieron Max Aub, Francisco Ayala y Fernando Arrabal, autores respectivamente de Crímenes ejemplares (Imprenta Juan Pablos, México, 1957)[12]Varios de los microrrelatos que posteriormente integrarían el libro Crímenes ejemplares habían aparecido antes, entre 1948 y 1950, en la sección titulada «Zarzuela» de la revista Sala de … Continuar leyendo, El jardín de las delicias (Seix Barral, Barcelona, 1971)[13]Cabe decir que, ya en 1928, en el segundo número de la revista Gallo, Francisco Ayala había publicado un primer microrrelato, aunque de tono lírico, titulado «Susana saliendo del baño». Por … Continuar leyendo y La piedra de la locura (La pierre de la folie, Julliard, París, 1963)[14]La pierre de la folie no se publicó traducida en España hasta 1984 (Destino, Barcelona). No obstante, pese a haber sido publicada por primera vez en francés, parece ser que, tal y como indica … Continuar leyendo, obras fundamentales en la evolución del microrrelato en España, pero también en los países en los que estos escritores se encontraban exiliados, como ya señalamos en uno de nuestros trabajos anteriores publicado en 2013[15]Darío Hernández, «Microrrelatos de autores españoles en el exilio (1936-1975): Juan Ramón Jiménez, Ramón Gómez de la Serna, Max Aub, Francisco Ayala y Fernando Arrabal», en El viento espira … Continuar leyendo.
En un exilio interior se mantuvieron durante los años de la dictadura escritores como Ana María Matute e Ignacio Aldecoa, dos de los máximos exponentes de la llamada Generación de los años 50, del medio siglo o de los niños de la guerra. Ambos cultivaron la micronarrativa. Los mejores microrrelatos de Ana María Matute los encontramos contenidos en Los niños tontos (Arión, Madrid, 1956), pero también aparecerán algunos otros en Libro de juegos para los niños de los otros (Lumen, Barcelona, 1961) y El río (Argos, Barcelona, 1963). Camilo José Cela afirmó en su momento sobre Los niños tontos que era «el libro más importante, en cualquier género, que una mujer haya publicado en España, desde doña Emilia Pardo Bazán. Y una de las más atenazadoras y sintomáticas páginas de nuestra literatura. Los niños tontos marcará un impacto firmísimo en las letras españolas»[16]Camilo José Cela, «Un breve librillo ejemplar», Papeles de Son Armadans, 16, 1957, p. 108.. Ignacio Aldecoa, por su parte, se servirá del género en algunas composiciones de Neutral corner, obra vinculada temáticamente al mundo del boxeo y que le sirve al autor para recrear y criticar las duras condiciones de vida de determinados sectores de la población en la España de la época.
Opuesto en lo ideológico a Ana María Matute y a Ignacio Aldecoa se encontraba Álvaro Cunqueiro, adepto al régimen franquista, cuya serie titulada «Los siete cuentos de otoño» e incluida en Flores del año mil y pico de ave (Táber, Barcelona, 1968), también ha entrado a formar parte de la historia de la micronarrativa en nuestro país.
Mención aparte merece Antonio Fernández Molina, sobre todo si consideramos su situación como autor de transición entre los microrrelatistas del medio siglo y los que podemos denominar contemporáneos, esto es, los que han venido cultivando la micronarrativa a partir de los años ochenta, cuando, como veremos luego, la práctica y la teoría sobre el género comenzarán a ir a la par. Fernández Molina, uno de los seguidores del llamado postismo, publicó sus microrrelatos dispersos en libros misceláneos como Los cuatro dedos (Ed. del Autor[17]Editorial, por cierto, de cuya colección La Esquina fue director Antonio Beneyto, también relevante en la historia del microrrelato español, pues compuso «relatos hiperbreves de factura … Continuar leyendo, Barcelona, 1968), En Cejunta y Gamud (publicada inicialmente en la editorial caraqueña Monte Ávila, en 1969), Dentro de un embudo (Lumen, Barcelona, 1973), Arando en la madera (Lhito Arte, Zaragoza, 1975)… Muchos de estos microrrelatos se encuentran recogidos hoy en Las huellas del equilibrista (Menoscuarto, Palencia, 2005), antología editada por José Luis Calvo Carilla.
La difusión del género a partir de los años ochenta
Hasta bien entrados los años ochenta, podemos afirmar que los autores de microrrelatos del mundo hispánico no disponían de una teoría que apoyase su práctica del género y que, entre otras cosas, fundamentase críticamente las diferencias entre, por ejemplo, un poema en prosa de corte narrativo y un microrrelato, o entre este último y un cuento. Aunque algunos de nuestros microrrelatistas fueron conscientes tempranamente de estar innovando en el ámbito de la narrativa ―como el propio Juan Ramón Jiménez[18]Prueba de ello es, sin ir más lejos, su microensayo «Cuentos largos», perteneciente a su libro póstumo también titulado con ironía Cuentos largos. Lo reproduzco a continuación: «¡Cuentos … Continuar leyendo―, no será, como indicamos, hasta dichos años, cuando comience a profundizarse en la investigación al respecto ―con pioneros estudios como los de la hispanoamericana Dolores Koch[19]Véase Darío Hernández, «La investigación del microrrelato en España», ACL Revista Literaria, 1, 2014, s. pp.― y, por tanto, tal y como ha explicado Fernando Valls, se de
un periodo en que los narradores empiezan a tomar conciencia de la existencia de un género distinto e independiente respecto del cuento, del poema en prosa, así como del aforismo. Aquí [en épocas anteriores], por tanto, conviven lo que podríamos denominar textos narrativos breves, con microrrelatos, que sería la denominación otorgada, con precisión terminológica, a aquellas piezas que aparecen tras reconocer y distinguir esta nueva distancia narrativa[20]Fernando Valls, «Soplando vidrio. Sobre dieciocho narradores españoles cultivadores ocasionales del microrrelato (1942-2005)», p. 54..
Entre los microrrelatistas españoles nacidos con anterioridad a 1960 y que comenzaron a cultivar el género a partir de los años ochenta podemos destacar a los siguientes autores: José Jiménez Lozano, con El cogedor de acianos (Anthropos, Barcelona, 1993) o Un dedo en los labios (Espasa-Calpe, Madrid, 1996); Javier Tomeo, con Historias mínimas (Mondadori, Barcelona, 1988), Cuentos perversos (Anagrama, Barcelona, 2002) o su antología Los nuevos inquisidores (Alpha Decay, Barcelona, 2004); Rafael Pérez Estrada, con La sombra del Obelisco (Libertarias-Prodhufi, Madrid, 1993), El ladrón de atardeceres (Plaza & Janés, Barcelona, 1998) o El levitador y su vértigo (Calambur, Madrid, 1999); la hispano-uruguaya Cristina Peri Rossi, con Indicios pánicos (Bruguera, Barcelona, 1981) o Una pasión prohibida (Seix Barral, Barcelona, 1986); Juan Pedro Aparicio, con La mitad del diablo (Páginas de Espuma, Madrid, 2006) o El juego del diábolo (Páginas de Espuma, Madrid, 2008); José María Merino, con Días imaginarios (Seix Barral, Barcelona, 2002), Cuentos del libro de la noche (Alfaguara, Madrid, 2005) o su antología La glorieta de los fugitivos (Páginas de Espuma, Madrid, 2007); Luis Mateo Díez, con Los males menores (Alfaguara, Madrid, 1993; con una importante reedición de Fernando Valls en Espasa, 2001); Alberto Escudero, con La piedra Simpson (Alfaguara, Madrid, 1987); Juan José Millás, con Cuentos a la intemperie (Acento, Madrid, 1997), Articuentos (Alba, Barcelona, 2001; obra ampliada en Seix Barral, Barcelona, 2011) o Números pares, impares e idiotas (Alba, Barcelona, 2001); Alberto Tugues, con Historias breves de este mundo (Debolsillo, Barcelona, 2002); Gustavo Martín Garzo (1948), con El amigo de las mujeres (Ediciones de Caja España, León, 1992); Ángel Guache, con Sopa nocturna (Pre-Textos, Valencia, 1994) o Me muerden los relojes (Pre-Textos, Valencia, 2002); Julia Otxoa, con Kískili-káskala (Vosa, Madrid, 1994), Un león en la cocina (Prames, Zaragoza, 1999), Variaciones sobre un cuadro de Paul Klee (Hiru, Gipúzcoa, 2002), La sombra del espantapájaros (El Toro de Barro, Cuenca, 2004) o su libro recopilatorio Un extraño envío (Menoscuarto, Palencia, 2006); o Agustín Cerezales, con Escaleras en el limbo (Lumen, Barcelona, 1991). La lista, sin duda, podría extenderse mucho más, como demuestra la ya citada Antología del microrrelato español (1906-2011). El cuarto género narrativo, donde encontramos a más autores españoles cuyos microrrelatos se circunscriben a este periodo histórico que tratamos.
Un espacio independiente merece que le dediquemos a los escritores que nacieron con posterioridad a 1960 y que, por tanto, han cultivado y publicado su producción micronarrativa en un escenario completamente distinto al que se encontraron los autores anteriores. Como consecuencia de diversos factores, no sólo los cronológicos, puede decirse que constituyen un nuevo grupo o generación de microrrelatistas. Circunstancias de tipo social y económico ―como los avances tecnológicos que se han aplicado a la difusión de la literatura― y otras de orden propiamente estético ―como el desarrollo académico de las teorías minificcionales y la definición del microrrelato como género literario― han condicionado el panorama en el que los nuevos autores han elaborado y dado a conocer sus microrrelatos. Así lo debió entender también Fernando Valls al confeccionar su antología titulada Mar de pirañas. Nuevas voces del microrrelato español (Menoscuarto, Palencia, 2012), en cuya Introducción comentaba cosas como la siguiente:
Creo que va siendo hora de empezar a poner cierto orden en el cambalache en que se ha convertido la red, donde todo parece valer lo mismo. Varios de los narradores que aparecen aquí ni siquiera han publicado un libro, aunque algunos hayan sacado a la luz textos con anterioridad en diversas bitácoras sobre todo, y hayan dado a conocer piezas de suficiente entidad como para poder componer con ellas un volumen[21]Fernando Valls, «Pirañas de agua salada», en Mar de pirañas. Nuevas voces del microrrelato español, Menoscuarto, Palencia, 2012, p. 20..
En Mar de pirañas se incluyen microrrelatos de sesenta y nueve autores, todos ellos nacidos con posterioridad a 1960 y que Valls divide en dos grupos: «En el primero estarían aquellos que escriben de forma habitual microrrelatos, mientras que en el segundo figurarían los que solo lo han cultivado en alguna rara ocasión. […] Aunque, al fin y a la postre, no sé si es necesario recordarlo, lo único importante sean los resultados»[22]Ib., pp. 19-20.. Estos sesenta y nueve microrrelatistas de los que hablamos son los siguientes: los andaluces Ricardo Álamo, Antonio Báez, María José Barrios, Felipe Benítez Reyes, Miguel Ángel Cáliz, Antonio Dafos, Federico Fuentes Guzmán, José Alberto García Avilés, Nuria Mendoza, Lara Moreno, Manuel Moya, Manuel Moyano, Juan Jacinto Muñoz Rengel, Elvira Navarro, Hipólito G. Navarro, Ángel Olgoso, Antonio Pomet, Ángeles Prieto Barba, Javier Puche, Antonio Serrano Cueto, Francisco Silvera, Miguel Á. Zapata, Fernando Iwasaki, residente en Sevilla pero originario de Perú, o Isabel Mellado y Andrés Neuman, ambos radicados en Granada pero nacidos respectivamente en Chile y Argentina; los aragoneses Isabel González e Ignacio Martínez de Pisón; los asturianos Alberto Corujo y Carmela Greciet; el cántabro Miguel Ibáñez; los castellanoleoneses Rubén Abella, Manuel Espada, Óscar Esquivias y Fermín López Costero; los catalanes Javier Bermúdez López, Susana Camps, Carlos Castán, Arceli Esteves, Agustín Martínez Valderrama, Paz Moserrat Revillo, Gemma Pellicer, Loli Rivas, Iván Teruel y Flavia Company, que vive en Barcelona pero es de origen argentino; los madrileños Pilar Adón, Rosana Alonso, Beatriz Alonso Aranzábal, Matías Candeira, Almudena Grandes, Andrés Ibáñez, Eloy Tizón, Ángel Zapata o Eduardo Berti, Inés Mendoza y María Paz Ruiz Gil, residentes en Madrid pero de origen argentino, venezolano y colombiano respectivamente; los valencianos Carlos Almira y Ginés S. Cutillas; la gallega Luisa Castro; la riojana Cristina Grande; los navarros Gabriel de Biurrun y Juan Gracia Armendáriz; los vascos Jesús Esnaola, Álex Oviedo, Rocío Romero, Javier Sáez de Ibarra, Pedro Ugarte e Iban Zaldua; y los canarios Anelio Rodríguez Concepción y Raúl Sánchez Quiles.
Como es lógico y suele decirse cuando de antologías se trata: son todos los que están, pero no están todos los que son. Sin ir más lejos, el editor podría haber añadido a bastantes más microrrelatistas canarios, aunque es cierto que debemos valorar positivamente que haya integrado al menos a dos de ellos, como son el palmero Anelio Rodríguez Concepción, con cuatro microrrelatos extraídos de Relación de seres imprescindibles (Del Oeste Ediciones, Badajoz, 1998), y el tinerfeño Raúl Sánchez Quiles, con tres microrrelatos procedentes de Hiperbreves S. A. (Baile del Sol, Tenerife, 2010). En cualquier caso, y llegados a este punto, conviene recordar una colección que no ha tenido ni dentro ni fuera de nuestras islas la repercusión que merece: la Antología del microrrelato en Canarias (Anroart, Las Palmas de Gran Canaria), editada por Carlos de la Fe en 2009, donde encontrará el lector a un total de veintitrés microrrelatistas de nuestras islas.
Muchos son los hechos que aseguran el futuro del género del microrrelato en nuestro país. Las editoriales siguen apostando por la publicación de colecciones y antologías de microrrelatos, incluso en esta época de crisis económica. Se han multiplicado las instituciones que convocan regularmente certámenes y que gestionan talleres y cursos de micronarrativa. Cada vez son más los investigadores que elaboran tesis doctorales y otros trabajos en torno a la minificción literaria en general y sobre el microrrelato en particular. Y lo más importante, sigue creciendo el número de microrrelatistas ―que, como hemos visto, es en la actualidad inmenso― y de sus lectores.
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―: «Pirañas de agua salada», en Mar de pirañas. Nuevas voces del microrrelato español, Menoscuarto, Palencia, 2012, pp. 9-25.
NOTAS[+]
| ↑1 | Irene Andres-Suárez, Introducción, en Antología del microrrelato español (1906-2011). El cuarto género narrativo, Cátedra, Madrid, 2012, pp. 31-32. Véase Teresa Gómez Trueba, ed., Cuentos largos y otras prosas narrativas breves, Menoscuarto, Palencia, 2008. |
|---|---|
| ↑2 | Véase Ramón Gómez de la Serna, Disparates y otros caprichos, Luis López Molina, ed., Menoscuarto, Palencia, 2005. |
| ↑3 | Encarna Alonso Valero, «Un árbol de sorpresas: la prosa narrativa lorquiana», en Federico García Lorca, Pez astro y gafas. Prosa narrativa breve, Menoscuarto, Palencia, 2007, p. 15. |
| ↑4 | Domingo Ródenas de Moya, «El microrrelato en la estética de la brevedad del Arte Nuevo», en Irene Andres-Suárez y Antonio Rivas, eds., La era de la brevedad. El microrrelato hispánico, Menoscuarto, Palencia, 2008, pp. 77-121. |
| ↑5 | José Carlos Mainer, Modernidad y nacionalismo (1900-1939), en Historia de la literatura española, vol. 6, José Carlos Mainer, ed., Crítica, Barcelona, 2010, p. 540. Tal y como ha señalado Ródenas de Moya, «algunas [de estas prosas] como “Aire, aura”, deberían figurar sin duda en cualquier antología del poema en prosa en español, pero otras encierran una potencialidad narrativa demasiado obvia como para endosarlas sin mayores prevenciones a ese apartado genérico» (Domingo Ródenas de Moya, op. cit., p. 114). Véase Jorge Guillén, Hacia «Cántico». Escritos de los años 20, K. M. Sibbald, ed., Ariel, Barcelona, 1980. |
| ↑6 | Los cinco primeros fueron agrupados bajo el epígrafe de Primeros escritos por Agustín Sánchez Vidal, editor de la obra literaria del cineasta y escritor aragonés. Los tres últimos, sin embargo, fueron incluidos por este mismo editor en la lista de textos que fueron proyectados para «un libro de “narraciones”, Polismos (es decir, múltiples ismos), que luego mudaría su título en Un perro andaluz para, finalmente, transformarse en proyecto fílmico. No obstante, Buñuel pretendió que el libro viera la luz, por lo menos hasta febrero de 1929, cuando anuncia a Pepín Bello que “está en prensa”. Pero en esas fechas el escándalo de Un chien andalou ha estallado y Buñuel ve impulsada súbitamente su carrera cinematográfica» (Domingo Ródenas de Moya, Prosa del 27. Antología, Espasa-Calpe, Madrid, 2000, p. 254). Véase Luis Buñuel, Obra literaria, Agustín Sánchez Vidal, ed., Heraldo de Aragón, Zaragoza, 1982. |
| ↑7 | Domingo Ródenas de Moya, Introducción, en Prosa del 27. Antología, ed. cit., p. 92. |
| ↑8 | Véase Fernando Valls, «Soplando vidrio. Sobre dieciocho narradores españoles cultivadores ocasionales del microrrelato (1942-2005)», en Soplando vidrio y otros estudios sobre el microrrelato español, Páginas de Espuma, Madrid, 2008, pp. 53-110. |
| ↑9 | Domingo Ródenas de Moya, «Consideraciones sobre la estética de lo mínimo», en Teresa Gómez Trueba, ed., Mundos mínimos. El microrrelato en la literatura española contemporánea, Llibros del Pexe, Gijón, 2007, p. 84 |
| ↑10 | Teresa Gómez Trueba, «Procedencia de los textos seleccionados», en Juan Ramón Jiménez, Cuentos largos y otras prosas narrativas breves, ed. cit., p. 45. |
| ↑11 | Antonio Rivas, «Ramón Gómez de la Serna: una lectura de sus “géneros nuevos”», Aula de español, 7, 2006, p. 40. |
| ↑12 | Varios de los microrrelatos que posteriormente integrarían el libro Crímenes ejemplares habían aparecido antes, entre 1948 y 1950, en la sección titulada «Zarzuela» de la revista Sala de espera, editada en México y fundada por el propio Aub. |
| ↑13 | Cabe decir que, ya en 1928, en el segundo número de la revista Gallo, Francisco Ayala había publicado un primer microrrelato, aunque de tono lírico, titulado «Susana saliendo del baño». Por otra parte, varios de los textos contenidos luego en El jardín de las delicias los había dado a conocer previamente en sus Obras completas de 1969 (Aguilar, México). |
| ↑14 | La pierre de la folie no se publicó traducida en España hasta 1984 (Destino, Barcelona). No obstante, pese a haber sido publicada por primera vez en francés, parece ser que, tal y como indica Francisco Torres Monreal, fue inicialmente escrita en español. He aquí que la situemos en este apartado del artículo y no en el siguiente. Véase Francisco Torres Monreal, Prólogo, en Fernando Arrabal, La piedra de la locura, Libros del Innombrable, Zaragoza 2000, pp. 9-10 y 21. |
| ↑15 | Darío Hernández, «Microrrelatos de autores españoles en el exilio (1936-1975): Juan Ramón Jiménez, Ramón Gómez de la Serna, Max Aub, Francisco Ayala y Fernando Arrabal», en El viento espira desencanto. Estudios de Literatura Española Contemporánea, Miguel Soler Gallo y María Teresa Navarrete, eds., Aracne, Roma, 2013, pp. 171-176. |
| ↑16 | Camilo José Cela, «Un breve librillo ejemplar», Papeles de Son Armadans, 16, 1957, p. 108. |
| ↑17 | Editorial, por cierto, de cuya colección La Esquina fue director Antonio Beneyto, también relevante en la historia del microrrelato español, pues compuso «relatos hiperbreves de factura surrealista, como, por ejemplo, Textos para leer dentro de un espejo morado ([Seix Barral, Barcelona], 1975), muchos de los cuales reformulan libremente motivos procedentes de la tradición bíblica, de la mitología grecolatina y de la cultura, y otros giran en torno al dilema del artista en la sociedad actual» (Irene Andres-Suárez, El microrrelato español. Una estética de la elipsis, Menoscuarto, Palencia, 2010, p. 46). |
| ↑18 | Prueba de ello es, sin ir más lejos, su microensayo «Cuentos largos», perteneciente a su libro póstumo también titulado con ironía Cuentos largos. Lo reproduzco a continuación: «¡Cuentos largos! ¡Tan largos! ¡De una pájina! ¡Ay, el día en que los hombres sepamos todos agrandar una chispa hasta el sol, que un hombre les dé concentrado en una chispa, el día en que nos demos cuenta que nada tiene tamaño y que, por lo tanto, basta lo suficiente; el día en que comprendamos que nada vale por sus dimensiones ―y así acaba el ridículo que vio Micromegas y que yo veo cada día¬―; y que un libro puede reducirse a la mano de una hormiga porque puede amplificarlo la idea y hacerlo el universo.» (Cito por Cuentos largos y otras prosas narrativas breves, ed. cit., p. 49). |
| ↑19 | Véase Darío Hernández, «La investigación del microrrelato en España», ACL Revista Literaria, 1, 2014, s. pp. |
| ↑20 | Fernando Valls, «Soplando vidrio. Sobre dieciocho narradores españoles cultivadores ocasionales del microrrelato (1942-2005)», p. 54. |
| ↑21 | Fernando Valls, «Pirañas de agua salada», en Mar de pirañas. Nuevas voces del microrrelato español, Menoscuarto, Palencia, 2012, p. 20. |
| ↑22 | Ib., pp. 19-20. |

