La poesía en Madeira,
Por António Fournier
La actividad poética en la isla de Madeira durante el siglo XX tuvo como principal epicentro y núcleo aglutinador los cuadernos Ilha, dinamizados por el poeta y periodista José António Gonçalves (1954-2005). Sin tratarse de un verdadero movimiento literario, pues le faltaba un ideario o un simple programa estético común, y con una proyección mínima «tanto a nivel regional como a nivel de la poesía portuguesa» (Ana Margarida Falcão, «Inquérito Ilha»), el proyecto tuvo el don de incentivar la producción poética en la isla, en un contexto muy pobre en estímulos culturales, aunque receptivo en la voluntad de democratizar el acceso a la literatura y dar voz a los nuevos temas y a las nuevas sensibilidades.
Nacida de una página cultural del Jornal da Madeira, titulada Poesía 2000, animada desde 1973 por un precoz Gonçalves, entonces con 19 años, la primera antología fue publicada en marzo de 1975, reuniendo a siete jóvenes poetas en torno al topónimo Ilha, que vendría a constituir insistente leitmotiv de otras recopilaciones individuales o colectivas de ese periodo (A. J. Vieira de Freitas, Da ilha que somos, 1977; João Carlos Abreu, Da ilha & de mim, 1980; Carlos Nogueira Fino, xxiii poemas de ilhamar, 1987; Fátima Pitta Dionísio, Edifiquei-te uma ilha, 1989) y constituyó una auténtico «golpe sobre la mesa» (Francisco Freitas Abreu, «Inquérito Ilha») «contra el inmovilismo literario que existía en la época » (José Vito Barreto, «Inquérito Ilha»).
Sucesivamente, en gran medida por la voluntad y la persistencia del organizador, siguieron Ilha 2, Ilha 3 e Ilha 4, respectivamente en 1979, 1991 y 1994, todos publicados por la Câmara Municipal do Funchal, como sancionando el reconocimiento institucional de la existencia de «la poesía en la ciudad». En 2008, por iniciativa del hijo del autor, Marco António Gonçalves, salió Ilha 5, que reunió a casi todos los poetas de los números anteriores, en una especie de homenaje póstumo al organizador. Tal proyecto, por su longevidad, constituyó en palabras de Carlos Nogueira Fino, otro de los poetas participantes, «el movimiento más consistente del siglo XX en el dominio de la poesía que se hacía en Madeira, con capacidad de integración de poetas de origen y formación diversos» («Inquérito Ilha»).
Más allá de la capacidad de integrar estímulos dispersos y de contribuir a la concienciazación del fenómeno poéticos de los propios autores, mucho de los cuales se encaminarían a partir de entonces a desarrollar un recorrido personal en la poesía, el proyecto Ilha tuvo el gran mérito de funcionar como catalizador en relación a otros estímulos nacidos por adhesión o por reacción ante la fiebre luminosa de Gonçalves, el único agente cultural capaz de hacer de mediador entre dos épocas distintas. De hecho, entre las dos primeras recopilaciones, publicadas en los años 70, y las dos últimas, publicadas en los años 90, transcurre un importante hiato que corresponde a una sensible oscilación del panorama cultural madeirense, con el crecimiento y la consolidación de la capital de la isla como centro productor de cultura.
En primer lugar hay que destacar el papel de la Direcção Regional dos Assuntos Culturais, organismo público que aseguró durante los años 80 la publicación de varios volúmenes de poesía, culminando con Os dias contados (1990), el primer libro de José Tolentino Mendonça, un poeta que vendría a afirmarse en el panorama nacional. Por otro lado, en los años 80 se asistió a la formación de la comisión fundadora de la futura Associação de Escritores da Madeira, a la par de otras iniciativas como los Ciclos de Poesia Madeirense, animados por Maria Aurora Homem, y los proyectos colectivos inteartísticos Poet’arte 90 e Vers’arte 91, organizados siempre por José António Gonçalves, y que culminaram, a su vez, en la exposición colectiva Olhares Atlânticos (1991), auténtica embajada de poetas y artistas plásticos madeirenses en la Biblioteca Nacional de Lisboa.
Podemos afirmar, pues, que si los años 40-60 fueron los años de la narrativa de ficción en Madeira, con una generación de escritores tan heterogéneos como Horácio Bento de Gouveia, João França, Ricardo Jardim e Carlos Martins, capaces de dar un paisaje literario madeirense en la trama de sus novelas, los años 70-90 fueron los años da poesía, donde se afirmarían nombres como José António Gonçalves, Irene Lucília Andrade e Carlos Nogueira Fino, entre otros. Los años 90 corresponden, por otro lado, a una problematización de los estímulos culturales. En primer lugar, con el surgimiento de la Universidad de Madeira y la progresiva formación científica de un grupo de estudiosos, capaces de realizar por fin aquello que ya en 1994 era sentido como una necesidad, o sea un «trabajo de fondo que reúna todos los desahogos y acusadas voluntades separadas por las introducciones a antologías, trabajos individuales meritorios, pequeños opúsculos y ensayos» (José Laurindo Goes).
Los años 90 también se caracterizan por el nuevo impulso dado por la revista literaria Margem, que había tenido una breve y efímera existencia entre 1980 y 1982. Dinamizada ahora por Maria Aurora Homem, a quien se debe también la organización de la Feria del Libro de Funchal, al retorno de la revista, que pasa a ser el primer instrumento de divulgación de la producción literaria de –o sobre– Madeira, surge toda una serie de iniciativas entre las que la creación de un acuerdo con una editora nacional, Campo das Letras, para la creación de una colección dedicada específicamente a los autores de Madeira. En ella vendrían a publicarse algunos importantes libros de poesía, todos de gran calidad: O Deus Familiar de Carlos Nogueira Fino (2001), Água de Mel e Manacá de Irene Lucília Andrade (2002), O Templo Móvel de Laura Moniz (2002) y O Fogo e a Lágrima de José Laurindo de Góis (2003).
El momento más destacado de la colección fue la recopilación Pontos Luminosos (2006), que reunió poesía madeirense (la selección de autores de Maria Aurora Homem tenía el trabajo ya realizado por Gonçalves, a petición de aquella) y poesía azoriana (seleccionada por el crítico Urbano Bettencourt), del siglo XX. Como tuvimos ocasión de decir en otra ocasión «es la primera vez que la poesía atlántica portuguesa (ninguna otra poesía regional [portuguesa] podrá reivindicar ese rasgo distintivo tan nítido) es asumida como un todo, abarcando dos universos de referencia muy próximos que prescinden de lo específico para recuperar en mayor provecho un denominador común insular »(Fournier, «Electrolírica»).
Ahora bien, si la poesía de Madeira y la poesía de Azores nunca estuvieron tan próximas, la verdad es que se perdió una oportunidad única para un verdadero diálogo y poco quedó de ese encuentro esporádico: los dos archipiélagos que continuaron dándose la espalda. Esto prueba lo difícil que es establecer una verdadera estereofonía atlántica, con la dispersión endémica de los centros atlánticos y las dificultades logísticas y económicas para crear y prolongar momentos de verdadero intercambio de experiencias. En este sentido, podemos afirmar, con cierta seguridad, pues no es posible historiar un proceso todavía en curso, que la época de oro de la poesía en la historia madeirense se acabó con la muerte de dos figuras de referencia en el panorama cultural funchalense: José Antonio Gonçalvez, en 2005, y Maria Aurora Homem, en 2010.
No obstante esto, la poesía de autores de Madeira a nivel nacional está bien representada con Herberto Helder, nacido en 1930, el mayor poeta portugués vivo. Otros dos nombres sobradamente conocidos son los de José Agostinho Baptista, autor de uno de los momentos más sobresalientes de la poesía al final de los años 90, con Agora e na hora da nossa morte (1998), uno de los libros de raro éxito que supo captar un sentimiento latente de orfandad y de pérdida (otro fue Morreste-me, de José Luís Peixoto, ambos tratando el tema del luto por la muerte del padre), y José Tolentino Mendonça, capaz de captar, a su vez, la búsqueda difusa de una nueva espiritulidad en lo cotidiano, a partir de la lección de escritores católicos como Simone Weil y Cristina Campo.
Otros proyectos anunciados, como el número 29 de la revista Margem que en su segunda época (1995-1910) acogió varias veces contribuciones poéticas, aunque sin especial atención a la poesía (si exceptuamos el número 3, dedicado a Herberto Helder), pero que Maria Aurora Homem, también ella autora de libros de poemas, intentaba prestar atención a la nueva poesía madeirense (un proyecto frustrado por su muerte, pero que atestigua ya la necesidad de renonovación); o como los anunciados Cuadernos de Santiago, dirigido por el poeta José de Sainz-Trueva, que quiere reunir en 2015 poetas nuevos y consagrados, son todavía hijos de aquel mismo estímulo, a pesar de que anuncian ya una nueva generación de lectores, más informados y pertrechados para una recepción crítica de la poesía hecha en Madeira.
Para concluir, puede decirse que la poesía en Madeira según los caminos que intentó trazar y consolidar puede tomarse, cuando se interpreta bajo un estímulo colectivo y coral, como instrumento de emancipación poética en relación con una sociedad generalmente poco receptiva y, a nivel nacional, como iniciativa colectiva de legitimación y llamada de atención sobre la existencia de una comunidad literaria, activa y creadora, como la madeirense. El antecedente ilustre es claramente Archipiélago (1952) que reunió otro conjunto de poetas jóvenes entre los cuales sobresalía Herberto Helder que vendría a ser el mayor punto de referencia de la poesía portuguesa contemporánea, y también la presencia tutelar que planea y asombra, más de lo que ilumina, la poesía de los otros autores de Madeira.
Ahora bien, cualquier antología, género generoso y también ingrato, tiene asimismo sus artimañas. Ninguna realidad se afirma con la reunión de propietarios. Cada poeta traza su camino y, si tuviera valor, será reconocido como tal, siendo verdad que solo aquellos que salieron de la isla (aunque no todos) tuvieron posibilidad de ver su poesía reconocida en un ámbito nacional y estos, salvo raras excepciones, no consideran ningún menoscabo participar en proyectos colectivos regionales. O como hemos advertido: «la antología insular, por su rasgo específicamente geográfico, está inevitablemente obligada a situarse en la distancia entre tótem y tabú. Considerando que tótem corresponde a los poetas reconocidos en un universo de recepción mayoral del que participan, esto es, ante el que están un paso atrás, esperando traiga un aumento de esplendor al conjunto, y tabú, aquel umbral de aceptabilidad que corroe la elección consensual del seleccionador [la llamada ficción de imparcialidad] y que frustra la aspiración individual por parte de los otros, los excluidos, de participar en el álbum de familia. Todo depende, como se sabe, de la distancia a partir de la cual se observa la realidad, nunca olvidando que ese olvidar para seleccionar es fundamentalmente el mismo que lleva al canon nacional a no obliterar los nombres […] incluidos». (Fournier, «Electrolírica»).
Nacido de este equívoco estimulante, siendo la poesía hecha en Madeira, como en cualquier otra parte, un sub-producto cultural, además en un medio como el portugués donde las referencias poéticas fueron pulverizadas por otros estímulos más comerciales y los poetas ya no se reconocen o no son reconocidos como pertenecientes a grupos generacionales ni a idearios literarios, hay que consolidar antes que nada los nexos de solidaridad y reconocimiento por parte de una comunidad de lectores tan exigua y frágil, tan generalmente desinteresada por el fenómeno como continúa siendo la madeirense, en vez de intentar desesperadamente la búsqueda de reconocimiento por parte de un centro que no existe, si es que alguna vez existió.
Desgraciadamente, esa ilusión de reconocimiento alimentó, y continúa moviendo, los esfuerzos generosos de los pocos investigadores de la poesía madeirense. Reconocer un centro en Lisboa significa reconocerse de inmediato como marginal y periférico (la revista cultural Margem lleva ostensiblemente esa etiqueta). Significa sobre todo atribuirse un estado de minusvalía literaria, al tenerse por pequeños aprendices de hechicero, como hijos de un dios menor.
En realidad, no es preciso intentar a la fuerza una demostración del propio lugar en el mundo, cuando ese lugar ya existe, y está legítimamente ocupado. Y ese lugar es el tributo de Madeira para el gran proyecto, transnacional y plurilingüístico, libre y multiforme como un cardumen de peces, como el de la gran poesía atlántica. Una poesía que sepa testimoniar, retratar y problematizar la experiencia de la insularidad, la más humana de las experiencias.
Referencias bibliográficas
AA.VV, “Inquérito Ilha” en Um dia com José António Gonçalves. Margem 2 [n.°24], Câmara Municipal do Funchal, Maio 2008, pp.108-116.
FALCÃO, Ana Margarida, “O Funchal na poesia insular do séc. XV ao séc. XX” in AA.VV., Funchal (d)Escrito. Ensaios sobre representações literárias da Cidade, 7 Dias 6 Noites, Vila Nova de Gaia, 2011, pp.77-113.
FOURNIER, António, “Electrolírica”, in Tribuna da Madeira n.°377, 29 de Dezembro de 2006, pp.26-27.
GOES, José Laurindo, “Idade da poesia”, in Islenha n.°14, Drac, Funchal, Jan.-Jun. 1994, pp.72-75.
SANTOS, Thierry Proença dos, e António Fournier, “Antologias, traduções e redefinição dos mapas da cultura – o caso madeirense” in AA.VV., Letras Convida n.°6, CLEPUL, Lisboa, 2012-2013, pp.102-111.
[Traducción de Daniel Armas Núñez]
Irene Lucília Andrade: una voz literaria inconfundible, por Leonor Martins Coelho
Los temas de sus libros giran, por regla general, en torno a la problemática de la insularidad, la memoria de la infancia y de la juventud que le dictan la urgencia de rescatar gentes y hechos olvidados, y sobre la importancia de los viajes en el proceso de formación y apertura al Otro. Así, nos encontramos con una geografía de afectos donde el microcosmos insular instaura el diálogo no solamente con tiempos pasados, sino, también, con una época globalizadora, encorsetada y atónita.
Añádase, además, que el diálogo con otras artes e intelectuales relevantes nacionales o extranjeros, ya sea en los dominios de la pintura o del cine, de la canción o de la literatura, viene a subrayar la vertiente poliédrica de su escritura. En efecto, la producción luciliana vendrá a destacar los tópicos ligados al paisaje insular ignorado por los grandes centros literarios: el menosprecio por los escritores “locales” y un cierto letargo cultural que parece definir las periferias. Incluso, la crítica a los excesos realizados en nombre del progreso del pueblo que tocaron a la Región Autónoma de Madeira, la desorganización que el país conoce y la defensa de una “gramática de lo humano” son también directrices a tener en cuenta. Del mismo modo, es de destacar la urgencia de la escritura que, desde muy temprano, la motivó, convirtiéndose en un modo de entender el mundo y de participar en él, actuando a través de la palabra. Atenta al medio que la rodea, escrutadora de la realidad del mundo moderno, cuestionadora de la función del intelectual, en general, y del escritor, en particular, Irene Lucília Andrade crea a lo largo de su obra un efecto de continuum y, en esa relación intertextual, elabora una poética propia: a veces inclinada hacia el registro memorialístico que rescata tiempos pasados de entendimiento y sociabilidad humanizadora, otras inclinada hacia relatos de vida y participación identitária y cultural, otras hacia los interrogantes que plantea la megalomanía y la homogenización de los tiempos actuales y otras veces tiende hacia la introspección y el análisis que busca cuestionar la Isla y el Mundo, su propio devenir y lugar –como mujer, como escritora y como pensadora-.
A punto de conmemorar cincuenta años de carrera artística y literaria, la escritora Irene Lucília merece, desde nuestro punto de vista, ser conocida en el espacio cultural atlántico. Destacamos a continuación algunos fragmentos de su obra como invitación al lector a apreciar su escritura y formarse así su propia opinión.
[Traducción de Víctor Álamo de la Rosa]
Textos poéticos
Irene Lucília Andrade
FUE así que hoy comencé a escribir
un poema incesante
como quien teje una malla
con aguja e hilo
y con ella viste una idea que no acaba.
Agrandaré el hilo
cubriré y volveré a cubrir el mundo
el cuerpo y los caminos
que la poesía inventa
urdiré la trama con un
infinito árbol azul
un pájaro ceniciento
una mano plausible
sobre la cabeza blanca de Penélope
Ovillaré la madeja fiel fruto
tomado de ciertos espacios interiores
y en las tardes de la más secreta sonrisa
abriré la casa de Pasagarda
aquella que he de habitar antes que septiembre comience.
De ella más tarde hablaré.
[A mão que amansa os frutos, edición de José António Gonçalves, Cadernos Ilha nº 4. Madeira, Eco do Funchal, 1990, p. 10]
(…)
SOBRE la memoria de estos días
revelo el corto espacio entre el cerebro
y los ojos el corto espacio donde ordeno
los vestigios deshechos de los pasos que
sobre la vida marcaban las sendas impensadamente
las siluetas corruptas que en la noche
dibuja el perfil de la ciudad sobre las aguas
a ras del muelle y del malestar
hablo de las notas estridentes de la sangre sobre la calzada
de los chapoteos de fuego que los navíos desesperados
desgranan durante los incendios
vuelta-viaje-sin retorno
flor de fuego estrella o dolor dispuesto
sobre los altos océanos del mar.
allí mismo servido el café sobre la mesa del tedio
al pie de la ola y del aburrimiento el bar forzoso
en la rutina de seguirnos unos a los otros
sin caminos
la improvisación de nuevas lenguas demasiado gastadas
en el modo de aplastar el cigarro entre los labios
y las manos afiladas el brillo superfluo de los dedos
todo allí en la bocacalle
el periódico bajo el gesto provisorio de los ojos
todo provisorio todo semejante a las historias
de todas las esquinas la ciudad derramada
bajo el abrazo infecundo de las estatuas
la pose impávida de los que llevan
prisa al volante y al sueño
y por eso llegan tarde o nunca
porque el mundo va lleno
y las puertas del mar están cerradas
y el verano se demora en la larga mutación
de un invierno insalubre y desagarrado
(…)
[Sobre a memória destos dias, coord. de José António Gonçalves, Ilha nº 3. Câmara Municipal do Funchal, 1991, p. 70]
—
TENÍAS allí un escenario fascinante. Una gigantesca viña cubría toda la ladera como un espléndido tapiz. Por entre el púrpura de las hojas que ganara el color del otoño, caprichosas casas surgían suspendidas, minúsculas, casi irreales.
Quién vio la tierra dijo que cada terrón era un mito y cada flor un triunfo o una fatuidad. Mas quien como tú vio este pueblo y estas casas sobre el abismo de las sierras atrapados en la niebla por una red de asombro, llegó hasta la embriaguez los tortuosos caminos, experimentó la locura absorta de la montaña o su ascesis, la áspera garra del viento en la garganta durante las tardes cargadas, el caer del tamujo como una despedida del otoño arañando la piel y observó las horas pesadas y cortas, lo difícil de ascender y descender barrancos con una dura carga a cuestas, sufrió un pavor antiguo, agudo y lacerante, una sofocante ternura, una precipitada nostalgia por ver a su gente, naciente de sus aguas, raíz de su tallo, equilibrando precariamente la vida, al borde de los precipicios entre el sueño y la muerte.
Diariamente el peso del paisaje te golpeaba en los ojos y desde dentro de la sangre. Semejantes a un órgano que cargabas en alguna parte, en algún lugar incierto del cuerpo te dolían el espacio y la tierra como si estuvieran vivos. Unas veces el espasmo molía cálido y estimulante como un dolor de gestación; otras perforaba los huesos o palpitaba como un nervio. Estos dolores te confirmaban la existencia, garantizaban y sellaban tu relación con el territorio de origen y sólo más tarde fue que pudiste hablar de otras vicisitudes.
En este lugar antiguo y secreto tenias tu cuna de palo de viñátigo y un baúl bajo el vano de la ventana donde, entre ropa blanquísima y olor a eucalipto, guardabas los gajos de la niñez: la fascinación de las hadas, el deslumbramiento de las princesas, la aventura de caballeros y las batallas, el misterio de los navíos y de las gaviotas, aves de todas las especies, sobre todo aves debido a las alas. Los navíos y las alas te agrandaban la distancia entre los ojos y los brazos y te procuraban un frágil relato sobre el mundo, aquel igualmente necesario para que comprendieras la utilidad del mar.
[“O moínho grande”, en Angélica e a sua espécie. Ponta Delgada/Açores. Eurosigno, 1993, pp. 11-12]
6 horas- diciembre
31
Un insecto palpita en la voz antes que el sol nazca y hay una voluntad física de cortar la madrugada como quien reparte pan o manzanas. a estas horas las metamorfosis se dan en el interior de los frutos y de las aguas, se alongan las vidas en la avidez sentimental de las bocas en la amarra litoral de los cuerpos engolfados en la espiral silenciosa de los bucios fecundados. un vientre es un cosmos indescifrable. un muelle es un destino incierto entre la voluntad de permanecer y la amenaza de los lugares estancados. los dedos palpan horizontes incólumes en la imaginación de los rostros adormecidos incluyendo la curva sensible de tu cuerpo. aquí estoy o de aquí parto no se todavía qué lugar habito, mas contigo me encuentro en el borde fresco y tenue de un vasto sueño edificado entre el día de ayer y la desmedida madrugada de la espera
carretera de un día único que siempre recomienza.
A la busca de sentido te escribo. dentro de la escritura estaré al tanto de la lucidez con que te pierdes en las constelaciones del sueño. este es el arte de mi compromiso y riesgo.
[Strada de um dia só. 32 momentos dum percurso. Lisboa, Átrio, 1995, pp. 27-28]
—
Necesito que crezca esta página
robé al poema
de un amigo
palabras que junté a la desbandada
lentísima recuerdo
descalabro
ceniza y magua
uncí la maraña
y ovillé todas las palabras que había
con un hilo que tendí desde el corazón
a esto alguien lo llamará libro
a esto yo lo llamo leve velo de azur
el color de mi iniciación
ningún engaño sin embargo
lo identifique con los márgenes
que me paralizan
de azur lo hice no para que fuese mar
infinitas aguas profundas
sino que fuese la mas pura lejanía
la imitación de la música
que nace de los mentales dentro de la luz
el polvillo mas puro
que me asegure el tono de los días
la mancha transparente
de un arroyo claro
atrás de los ojos.
[Protesto e Canto de Atena, Leiria, Editorial Diferença, 2001, p. 13]
—
17
quedo sin haber llegado al final de este cuaderno
tal modo de andar es sólo el comienzo
de una carretera que circula en sentido contrario
antes que los pájaros partan en otoño
importa que el rostro se explore
porque todo es un misterio
los ojos los caminos
la gravedad del corazón
el alfabeto con que se escribe el recuerdo
todo el viaje es dolor
y un centelleo de júbilo
desde que me cubrieron de presagios
seguí
por estos cursos de agua
y de flores de jazmín
una polvacera se alza
como si fuese nuestra voz de antaño
una vez más todo se puebla de bordes
y pertenencias felices
todo otra vez se parece
a la hora en que acabamos de nacer
[“O círculo – 7º dia”, en Água de mel e manacá. Porto, Campo das Letras, 2002, p. 101]
—
f
Quien entre los brezos
pintó de cárdeno el jacarandá
la perfumada glicinia la flor araña
sabe por qué se dice así una pena
disgusto de indescubrimientos y mareas estancadas
a pesar de la vocación ondulante de las planicies
y se salva el clamor de los mares esféricos
acogidos al confín de los taludes
en los lugares propensos a la locura febril
de los marineros a la intensa vibración
de las gemas más profundas
a la estrecha orilla donde un país se alonga sin verse
tal como isla
gota de magma
reflejo de un fuego viejo
desde una forja marina
brote de vértigo plantado en una ola
para que de él creciese
genuino y fértil
un pedazo de mundo
[“Uma nesga de mundo”. En Ilha nº 5. (coord. de José António Gonçalves), Vila Nova de Gaia, 7 dias 6 noites, 2008, p. 35]
20 de febrero
Tendrías que haber visto el derrumbe del cielo. Llovió durante horas y, de repente, la sierra se desprendió y cayó sobre la ciudad. Las riberas se desbordaron, invadieron la isla en un atropello pavoroso. La tragedia desfiguro las calles, las casas, arrastró a gente indefensa, un alfombra espesa de lodo y piedras estranguló todos los salidas, el tronar de las aguas sofocó las voces, el pavor heló el alma. La catástrofe asfixió cualquier palabra. El desvarío del planeta enrabietado, despeñado sobre esta pequeña isla del Atlántico, me secó la garganta y las vísceras, y toda el agua del cuerpo me salió dolorosamente por los ojos. ¿Qué horror es este? ¿Qué le sucedió a esta tierra y a mi gente?
Quedó, por un momento, la mirada pasmada entre el espanto y el pánico. Mas la gente no paró. En un arrebato de energía espontánea y solidaria el pueblo ayudó al pueblo, hizo recular al miedo y, lentamente, la isla volvió a respirar. Es esta la fuerza del alma que necesitamos aprender.
Esta tragedia dejó marcas que nunca serán conocidas. Lo que queda adentro del sufrir, es un dolor extraordinario, único e inextinguible, que no se podrá compartir.
Imaginé que así me ahorraría
los espinos
de esta aflicción sin nombre.
mas hoy la sombra de Dios descendió
sobre los abismos y la tierra gritó
un pánico ancestral ante un dolor
nunca antes confesado
y Dios pronunció un verbo terrible
de dimensiones desconocidas
nada me es dado saber
sobre esta fuerza que desde algún lugar
desata estas colosales señales
estos ecos abundantes
de un supremo obrar
que barre el lodo
que barre el lodo y el estruendo
como quien limpia
el corazón lastimado de la montaña
[Um lugar para os dias. Lisboa, Chiado Editora, 2013, pp. 191-192]
—
TE confieso: esta gente anda dentro de mí, inquieta, de un lado al otro. Esta gente, todo el lugar, desde las piedras a los muros, hasta la respiración del tiempo. Andan dentro de mí como un cuerpo único, una montaña de sangre y nervios con alma y todo. Tras muchos años siento este despojo de náufragos bogando en un limbo cruel, sufriendo penas inmerecidas, olvidos desleales, a la espera de un cielo que los redima y dé la debida acogida a los que no tuvieron justicia, a los que vivieron en silencio y en silencio murieron porque nunca se les dio voz, tan insignificantes que eran sus vidas, trabajos y placeres.
Se haga ahora la justicia que el tiempo y la bondad divina guardaron para ellos. Bondad divina quiero llamar al poder de dar rostro a la memoria, o la cuchilla de Mnemosine que determina el coraje ante la temeridad de defender causas perdidas o destinos ignorados. Destinos de los que nunca habrá mención en los registros genealógicos o biografías en los archivos. Esta tierra y aquellos que lo habitaron son los hilos del tejido de una trama significativa que viste mis afectos. Si por arte de una verdad íntima los caminos pueden ser páginas donde la vida ejecuta la escritura de los pasos aquí se hacen letra para que yo descubra este rostro y despierte al espíritu de una senda antigua.
Así la cuchilla de Mnemosine se convirtió en el afecto que impresiona la película de la memoria, una luz feliz trazando a la vista del recuerdo las formas blancas que dieron relieve a un espacio y a un cuerpo que hago crecer por el don que tienen las infancias, magnífica amplificador de lo simple, inusitados placeres, serenas utopías y fértiles alucinaciones. Cosas que por ser fundamentales no tienen explicación.
[“Gente pequena”, en A Penteada ou o fim do Caminho. Lisboa, Editorial Diferença, 2004, pp. 14-15]
—
LAS islas son metáforas absolutas creadas por la inspiración de los pueblos. Incitan a poderosos y visionarios y forjan el dilema trágico que se manifiesta en el conflicto entre la exigüidad territorial y la fuerza de la energía telúrica. Casi siempre son consideradas extensiones del Paraíso y caen presas de la pasión de los que sobre ellas descargan la avidez de sus intensos amores. En algunos casos dejaron de ser espacios mágicos para ser poco a poco y desordenadamente descubiertos e invadidos. Ejemplos de Paraíso existen todavía en los pequeños espacios escatimados a los depredadores, donde la Naturaleza se conserva inhóspita, o en las parcelas habitadas por los hombres que no perdieron el vínculo armonioso que los liga a su origen. Estos espacios poseen una territorialidad que afecta a quien en ellos se detiene: exacerban el sentimiento, estimulan la ansiedad, quiebran las energías para favorecer la sumisión al ímpetu devorador del paisaje. Los que sorteas estas señales y no se dejan marcar por el estigma de las claustrofobias, mantienen con ellos una relación de equilibrio que una activa inteligencia consigue nutrir para la creación de un imaginario silencioso, no siempre manifestado, pero permanentemente sufrido, sin ruta y sin eco.
Los conflictos generales de los pueblos emanan de su preocupación por la riqueza. Dominados por el síndrome de la pobreza y perturbados por el fantasma de las pequeñas dimensiones los isleños sufren de una dependencia exógena que a veces los domina. Las islas son mundos paradójicos. En ellos se vive la angustia por la escasez de caminos y por la líquida asfixia del horizonte. Mas entre el vértigo con que es arrastrado hacia las grandes fortunas, disperso y diluido en la desmesura de los espacios, seducido por la multiplicidad de los convites y confundido en el atropello de la abundancia y la medida de la concha insular que protege y ampara contra esa voracidad, es difícil la elección. Subsistir en cualquiera de estos espacios es una opción personal y significa abolir una serie de condiciones y suscitar otras para una protección particular que día a día se construye con fatiga, pues no es fácil en cualquier circunstancia vencer el peso de las adversidades.
[En Porque me lembrei dos Cisnes. Leiria, Editorial Diferençaa, 2000, pp. 48-49]
[Traducción de Ernesto Suárez]

