Ignacio de Negrín Núñez nació en Santa Cruz de Tenerife en 1830. En su vida transcurren casi paralelas dos actividades, vocacionales ambas, la de escritor y la de marino. Ninguna de ellas abandonará hasta su muerte, ocurrida en Getafe (Madrid) en 1881. Puede anotarse como curiosidad que en 1847 (diecisiete años) publicó su primer poema y pilotó un bergantín que partía del Puerto de Santa Cruz de Tenerife. Como marino, Negrín obtuvo importantes cargos y distinciones llegando a ser Intendente de la Armada; en su madurez escribió un celebrado Tratado elemental del Derecho Internacional Marítimo (1862).
Nos interesan ahora sus actividades como literato. Se perfila Negrín como un hombre de su tiempo, aquel que vivía la interesante etapa del despertar de las inquietudes sociales y culturales. Contaban ese generaciones de los cuarenta y los cincuenta del XIX con el despertar de la prensa como medio idóneo de expresión; una prensa próxima y cercana, receptora de la voz de sociedad y trasmisora del diálogo público; una prensa cuyas páginas consagraban a los voces cualificadas de aquel diálogo social en sus páginas y que abría a los ciudadanos las voces de sus escritores, la de los poetas y narradores principalmente (en este orden). Aquella sociedad canaria, que empezaba a lanzar con paulatina firmeza una voz con conciencia propia, contaba también con el espacio social del teatro que, mucho más que para el entretenimiento común (que también) fue afianzándose como de manifestación de las inquietudes culturales isleñas y eco de las voces que las determinaban más allá de los espacios cercados por el mar.
Nunca dejó Negrín de publicar en prensa. Sus textos poéticos se editaron en diversas publicaciones de su isla natal, muy asiduamente primero y más esporádicamente avanzados los años sesenta de su siglo. Muy especial fue su vinculación juvenil a la interesante revista La Aurora, en uno de cuyos números (23/9/47) se le saluda como «joven de grandes esperanzas como escritor y poeta». En esa revista publicó muchos de sus poemas, y con el equipo de redacción que la llevaba se vio involucrado en una querella por injurias contra los redactores de El eco de la juventud. También cultivó Negrín el teatro. Constan dos estrenos suyos en el Teatro Municipal de Santa Cruz de Tenerife: Gonzalo de Córdoba en 1846 y El conde de Villamediana en 1948), dos dramas que rinden tributo a la época romántica que las envolvía y en ella a la línea privilegiada entonces de lo histórico. En vida, Ignacio de Negrín vio publicadas tres obras: Ensayo poético sobre la conquista de Tenerife (1847), Tres muertes por un amor, un «cuento fantástico» (1848) y Poesía del mar que tuvo tres ediciones, Madrid 1880, Santa Cruz de Tenerife 1881 y La Habana 1866.

Una amplia semblanza de Negrín incluye Sebastián Padrón Acosta en su monografía sobre Poetas Canarios de los siglos XIX y XX que editara de la Nuez (1966); dos poemas suyos («Al mar» y «Roma y Cartago») incluye Elías Mujica en la antología que preparó en 1878; y su soneto «Napoleón» figura entre los cien seleccionados por Padrón Acosta (1950). Señala Padrón Acosta (1966:48) que nuestro poeta había leído a Zorrilla, Espronceda y Byron. Ninguna duda de ello puede tener el lector, pues el espíritu del tercer de los poetas citados y los temas y modos de los otros dos son fáciles de detectar en las composiciones narrativas. Para esos poemas narrativos muestra especial inclinación el autor, sin duda en concordancia con su personalidad más expansiva que interiorizada, más superficial que honda, más ingeniosa que meditada, más predispuesta a la narración que al lirismo. En efecto, Negrín es particularmente hábil en las narraciones en verso. Desde el Ensayo poético sobre la conquista de Tenerife y Tres muertes por un amor, poemas narrativos extensos, hasta las narraciones nada breves que se insertan en su libro de versos Poesía del mar, de transparente subtítulo: «Colección de cuentos marítimos en verso».
El Ensayo Poético Sobre La Conquista De Tenerife
En las expresiones literarias del romanticismo canario aparece como clave el tema del indigenismo, de qué y el porqué de aquella dualidad de orígenes que reside en el ser canario. No es asunto exclusiva sino nacido en la línea de la mirada a lo propio que exige e impulsa el romanticismo; pero arraigó en las Islas de un modo particular. Tenía que ser así, porque lo que llamamos propiamente romanticismo o es una forma de filosofía de vida y pensamiento o no es; y esa actitud romántica es detectable en los pensadores y escritores de las islas antes de que se la bautizara. No podía ser menos Ignacio de Negrín. Al indigenismo rinde tributo para iniciar su andadura literaria en la línea de la exaltación nacionalista propia del tiempo romántico que en los mismas años cultiva también Desiré Dugour, que la Imprenta Isleña logrará propiciar, que muestran asimismo Millares Torres, Sarmiento, etc., y que se verá consolidada en los poetas regionalistas de finales del siglo.
El juvenil Ensayo poético sobre la conquista de Tenerife es una descripción en forma de leyenda literaria de los episodios más relevantes y sugestivos de la conquista de Canarias según aparecen en el Poema de Antonio de Viana (1604). La crítica coincide en reiterar la endeblez de los versos y de los esquemas estéticos («carece de grandes valores poéticos» dice María Rosa Alonso (1977:116); «ética y estética no concuerdan» dice Sánchez Robaina (1981:115); obra «muy defectuosa» de «febril precipitación» indica Padrón Acosta (1966:41). La Aurora, con aquel su lenguaje de época tan “florido”, anuncia su aparición en el nº 63 indicando que, «no obstante los ligeros descuidos y lunares que en él se descubren, [el poema] le coloca entre los jóvenes de quienes las Canarias pueden esperar, con razón, nuevos florones para añadir a su corona poética.»
Diríamos que en tan temprano y juvenil poema se aprecian las notas que van a ser características de la poesía de Negrín: grandilocuencia, fácil versificación efectista, abuso de rimas muy simples, endeblez constructiva…; también superficialidad de temas y tonos, y cierta particular propensión a la ironía, una presencia realzada que tendremos ocasión de comprobar. Señalaríamos como positivo, sin embargo, la energía de los tonos, la sinceridad de su tratamiento y la expresiva lección que se extrae de la literaturización del tema: hostilidad hacia el conquistador y exaltación del héroe vencido. Y también, y como envoltura métrica eficaz, una polimetría al modo romántico fiel a los modelos y nada mal construida.
El Ensayo poético sobre la conquista de Tenerife es un poema de más de mil versos (1.O42) que se estructura en cuatro unidades, precedidas de una Introducción amplia y cerradas por un epílogo breve.
En la Introducción expresan la intención del poema once octavas reales elaboradas según los tópicos retóricos clásicos; allí un canto laudatorio a la memoria reivindicativa de los «mártires de la Patria», los guerreros Bencomo y Tinguaro. Las cuatro octavas iniciales se apoyan en la concatenación de cláusulas negativas para preparar, por contraste, la afirmación del motivo del olvido de los héroes, que aparece en las octavas centrales -quinta y sexta-; se lamenta retóricamente el hecho en las siguientes, y se afirmar la loa que motiva la composición en las dos últimas. Observemos en las cuatro primeras estrofas el retoricismo del poema, los ecos clásicos de endeble factura, los tópicos formales y conceptuales y el tono característico:
No las orillas de argentado río
Sierpe de plata en campo de esmeralda,
A cuyas flores húmedo rocío
Ciñe brillante con sutil guirnalda;
No el amoroso y dulce desvarío
Del extasiado amante que en la falda
De su querida, busca voluptuoso
Dulce placer y mórbido reposo.
No las astucias con que el bello sexo
(Nombre apoyado en justas convenciones,
Aunque acorde por mí no estoy en ello
Pues hallo numerosas excepciones;)
No las astucias, digo, que destello
Parece ser de fúlgidas regiones,
Ni esa debilidad tan susceptible
Que constituye su poder terrible.
Ni el amoroso y lánguido desvío
Mezcla de coquetismo y de ternura,
De las que saben esconder el frío
Desdén que al hombre baña en amargura,
Ni el verdadero y dulce desvarío
De la que amante muere en su locura;
Que es amor veleidoso en sus ardores
Y nace y muere cual las tiernas flores.
Ni belleza, ni amor, ni el dulce encanto
Que por do quiera muestra la natura,
Prestarle pueden a mi triste canto;
¡Canto de muerte y fiera desventura!
Viertan mis ojos doloroso llanto,
Que disminuya acaso mi amargura,
Al ver que nadie recordó tu gloria
¡Oh Tinguaro! y tu heroica memoria.
Las cuatro unidades de la narración se organizan a partir de títulos de resonancia tradicional y lemas que son intencionados tributos. La primera parte alude a la actitud de los conquistadores y se titula con un lema que alude a la actitud de los conquistadores extraído de la Historia de Canarias de Viera y Clavijo: “De cómo no siempre están los hombres seguros en sus casa, ni los Reyes es sus estados». El desarrollo del tema se distribuye en las unidades sucesivas de esta primera parte: a) la presentación del «locus», b) la de los protagonistas antagónicos Lugo-Bencomo, c) el desafío, d) la «fechoría» central surgida de la división entre los menceyes y e) la imprecación del narrador ante la traición de Añaterve. Aparecen por signos gráficos y distinguidas por la estructura métrica: 80 versos en silvas para la armonía de las presentaciones; cuatro serventesios agudos dodecasílabos para expresar el dolor de la humillación; otras cuatro estrofas de la misma estructura, pero en alejandrinos, para la contestación orgullosa del Mencey Bencomo; otras dos estrofas, ahora dodecasílabas para el gesto voluntarioso del guerrero que prepara la lucha; siete más en endecasílabos para el lamento de la división entre los menceyes.
Observemos la silvas iniciales, que sitúan la acción y los personajes con atractivos tonos épico-dramáticos y eficaces notas sensoriales para la apelación al lector:
¿Veis esas naves rápidas surcando
El líquido elemento
Nubes de espuma en derredor dejando?
¿Y el sonoro concierto
de la bélica trompa, que sonando,
El guerrero escuadrón a la lid cruda
Lanzar parece en horroroso bando
A quien el caso y la coraza escuda?
(…)
Ya baten las arenas sus corceles;
Ya brillan las celadas
A los rayos del sol, y los broqueles
Apréstasen y afilan las espadas
(…)
Observemos también la expresiva pintura del gesto:
Los ojos parecen del torbo guerrero
Querer de sus huecos sanguíneos saltar,
Y lágrima ardiente su rostro severo
Se vio lentamente brillando surcar.
Lágrima que encierra mortal amargura
Que salió del fondo de su corazón…
Mas pronto recobra su fiera bravura,
Y que era Monarca pronto recordó.
El título de la segunda parte del poema («En que se cubre la necesidad indispensable, de presentar en escena a un individuo del bello sexo en toda composición») deja asomar aquella ironía que apuntábamos antes arropada en un expresivo lema de Chateaubriand: «¡Comment vivre moi sans toi!».
En la introducción del tema, 19 quintillas pintan un «locus» sensual y atrayente para presentar a la dama: luz de la mañana «tenida de ópalo y de grana», «brisa perfumada», «cantos armónicos», «el arroyuelo surcando»… Por fin, la aparición de ELLA; y el amor que surge impetuoso; y el diálogo final apasionado y vehemente:
Vése bella y candorosa
Muellemente recostada,
De la inocencia velada.
Doncella gentil y hermosa,
Virgen de boca hechicera
Y majestuoso semblante;
Esbelta, pura, ligera
Cual la sonrisa primera
De inocentísima amante…
¡Y amante fue por su mal
Cuando a Gonzalo miró!
Amor corrió su cendal,
Y al ver tan bello ideal
Enamorada quedó!.
(…)
«¡Ven! huyamos reunidos
A otros mares y otras tierras,
Donde nunca divididos
Se oigan aquellos bramidos,
Ni de éstas se oigan las guerras!»
«¡Partamos! La suerte ya
Tu país abandonó,
Y exánime morirá!…
Pero hay otro reino allá
Y para ti vivo yo!»
a meditación de la doncella y las lágrimas antes de la respuesta dolorida en nuevas quintillas, demandan adecuada lentitud rítmica: lo consiguen tres serventesios dodecasílabos agudos. De nuevo, el arte mayor (ahora serventesios endecasílabos y llanos) resuelve la envoltura métrica de la despedida de los enamorados y las lógicas promesas de futuro («Adiós, le dijo, pues; ya mis hermanos/ Esperándome están, el doble muro/ Sabré romper que alzaran los arcanos/ Entre los dos, Dácila; te lo juro./). En la derivación de los hechos, tanta armonía se rompe en el «nudo» de la acción -que marca el final de esta parte- para transcribir en romances la aparición del rival Güetón y del sentimiento de los celos.
La tercera parte del ensayo poético que analizamos está formado portreinta y una octavas reales que alejan la acción del nudo sentimental para centrarla en la descripción de la batalla; una batalla que una tempestad fatal va a ayudar a resolver en contra de los tinerfeños. Esta vez el lema introductorio es del Telémaco de Fenelón y el título se acerca a lo reflexivo sentencioso: «De cómo, si mucho vale la gente de espada, no vale menos la gente de ingenio». En efecto, sigue el fragor de la lucha a la espera estratégica de los guerreros y a las arengas escuchadas en uno y otro bando. Observemos los toques realistas de la descripción:
Mas pronto esta blasfemia hubo pagado
El gallardo español que la dijera,
A manos de Tiguaro despiadado
Que la muerte sembrara por doquiera:
Cayó con duro dardo atravesado
Mientas alzando el bárbaro la fiera
Maza, la hundió con ímpetu violento
Partiendo la lengua en escarmiento.
Todo es desolación; allí indefensos
Mueren sin compasión los castellanos
Entre peñascos áridos que inmensos
Arrojan fuertes y membrudas manos;
Lluvia espesa da troncos que violentos
Machacan en su paso a los cristianos,
Los miembros rebotando desunidos,
Palpitantes, hirvientes, retorcidos.
Río de negra sangre serpentea
De la peña en la huecas cavidades,
Tiñendo los guijarros donde humea
En aquellas ardientes soledades;
Crece el furor de la crüel pelea,
Y con él, el destrozo y mortandades,
Cubriendo las laderas escarpadas
De miembros y cabezas mutiladas.
Y en la lucha -la novela en la historia-: el encuentro de los rivales, el desafío, el enfrentamiento directo. Observemos la eficacia expresiva de la amplia comparación que dibuja los efectos del grito desafiante del castellano:
No más punzante el hierro penetrando,
Desgarra el pecho, el corazón rompiendo,
En ancha herida donde borbotando
Sale la sangre de calor hirviendo;
Así aquellas palabras destrozando
Fueron el pecho de Güeton, que viendo
A su rival delante sí, furioso
Lanzó un rugido súbito, espantoso.
Para rematar la historia, la cuarta parte del Ensayo poético… anuncia en el título la superación de la veracidad de los hechos («En donde la imaginación del poeta traspasó la veracidad de la historia»). Para el lema, acude Negrín a la reflexión con que se inicia esta parte («Nuestros dolores son siglos; nuestros placeres relámpagos» Anónimo). Tras esa reflexión y la descripción serena de lo que parece va a ser desenlace feliz de la «novela» con la unión de los enamorados (octavillas agudas octosilábicas), sacude la narración un episodio de horror de marcado acento esproncediano: el espectro de Güetón (descrito en cinco unidades de cuatro pentasílabos y dos endecasílabos subrayados fónicamente con rimas agudas y esdrújulas), se alza para apostrofar a los que se han aliado con el enemigo (serventesios decasilábicos de rima aguda). Acabará lanzándose desde la cima y haciendo una aparición macabra en el lecho de los desposados (tres serventesios). Una octava italiana remata una especie de moraleja final.
Observemos algunos versos de las tres últimas unidades:
Sordos rumores
Roncos silbidos,
Fieros bramidos
Del aquilón
En el aire agitándose trémulos
Rugen fieros con lúgubre son.
(…)
Y de Tigayga
En la alta cumbre
Pálida lumbre
Lucir se vio;
Que un semblante fatal, cadavérico
Con su lívida tinta alumbró.
(…)
Hondo suspiro
Lanzó angustiado
Y el descarnado
Brazo tendió;
Y de su pecho con acento lúgubre
Este breve discurso salió.
«Necios reyes, la patria vendisteis,
No sabiendo la muerte arrostrar;
Y cual zorras cobardes os fuisteis
Vuestro cuellos con mengua a entregar.
¡Ah! Pensáis insensatos y ciegos
Vuestras leyes hacer revivir!…
Sólo esclavos seréis… pero luego…
Luego os queda tan sólo morir!…
(…)
Y tu, Dácila, bella, inhumana,
Ve tu amor insensato a gozar;
Pero tiembla no llores mañana
De tu sueño al querer despertar!
Crimen lleva tu raza maldita
Y a sus hijos el crimen darán;
Y en el crimen carrera inaudita
Por do quiera tus nietos harán.
(…)
Restos inertes, pálidos, sangrientos,
De una pasión y un crimen sucio emblema,
Que están allí cual hórrido anatema
El tálamo trocando en ataúd.
Parece estar diciendo a los amantes
En su lenguaje mudo y elocuente:
¡»Sólo en el cielo aprecian justamente,
El crimen, la traición y la virtud!».
Constituye el epílogo del Ensayo poético la recapitulación reflexiva de los hechos del poema y la expresión del dolorido sentir de la derrota. Se remata con unas estrofas dirigidas al Teide cuya presencia cierra el poema como inspiradora de los contenidos de la composición:
¡Monte excelso y gigante
Sobre que mil y mil rayos cruzaron
En huracán tonante.
Y en torbo semblante
Nunca sus huellas hórridas dejaron!
¡Yo, Teide, te saludo!
Inmensa roca triste y solitaria!
Que en tu lenguaje rudo
Está diciendo al mundo
«Aquí fueron los hijos de Nivaria».
Tres muertes por un amor
Se trata de un extenso poema dramático (1.370 versos) que se publicó en 1848, en pleno auge del romanticismo de las islas y cuando el movimiento decaía en el centro de España. Su aparición se anuncia en el nº 134 de La Aurora como texto de «interés lírico e interés dramático». En él se invoca a Boileau y a «nuestro Píndaro el Sr. Quintana» para aconsejar al poeta, autor joven, prudencia y buen hacer.
El poema aparece estructurado en cuatro partes con título propio. Ellas desarrollan la trama argumental que se cierra con un epílogo. En la parte primera, «La esposa y el amante», el narrador presenta el tema de los apasionados amores de María (esposa de don Tello) y de don Pedro mediante el pretexto de «un billete perfumado» que el enamorado lee con emoción. En la misma primera parte, un «cuadro dramático» insertado traslada el espacio a una cámara de palacio donde vive don Tello y el tiempo a varios días después, para traer a primer plano del texto la confidencia de los hechos que un amigo, don Juan de Alarcón, hace al marido y la preparación consiguiente de una emboscada a los amantes. La segunda parte, «Amores y cuchilladas», narra el asalto a los amantes en su encuentro, la lucha consiguiente y el extraño rapto de María.
En la tercera parte, «El amigo verdadero», el lector descubre a María en su encierro ante el raptor don Juan quien le descubre su amor y le propone salvar la vida de don Pedro y de don Tello a cambio de su entrega amorosa. Bajo el título de «Tres muertes por un amor», el poema llega al desenlace trágico de los hechos: allí, el duelo del marido y el amante primero, y el incendio del castillo que un cómplice de don Juan ha preparado, después. Todos sucumben en él. En el epílogo, la voz del narrador en primera persona cierra poéticamente el poema pintando la presencia del espíritu de María que vaga eternamente por el lugar de los hechos esperando siempre a don Pedro. Si el lector conoce las marcas del romanticismo más fácil y en él El estudiante de Salamanca de Espronceda (publicado hace unos cuatro años, en 1840) no necesita aclaraciones sobre la inspiración, digamos, poética, de su autor. Comprobémosla.
En el argumento no faltan los ingredientes más tópicos de la época y del género: el amor prohibido de dos seres puros e idealizados (desprendida y rendida enamorada ella; amante valiente y generoso él); el marido ofendido en su honor; el falso amigo de actitud cobarde; el criado cómplice con ínfulas de «gracioso» de comedia; el hado inevitable y fatal que domina los sucesos; el espíritu que vaga eternamente; los castillos que pueden albergar extraños fantasmas; las premoniciones que se ven cumplidas… En el desarrollo del poema se aprecia un afortunado ajuste entre la expresión y el contenido. Los versos y las estructuras métricas se adensan o se quiebran ajustándose a las circunstancias: el romance para los encuadres o las presentaciones, las décimas para la carta, los serventesios dodecasílabos para la reflexión, las quintillas para los diálogos rápidos y las redondillas para la declaración amorosa. En el final de la cuarta parte, cuando el fervor de la lucha cuerpo a cuerpo se mezcla con el incendio que se aproxima y con la imagen de la desesperación de María, o sea el climax argumental, el autor acude a la rima escalada, tan propia para enfatizar el dramatismo: de octavas a octavillas y de versos endecasílabos a bisílabos en perfecta escala en sucesión. Tan expresiva y contundente resulta a Negrín tal medio como aquella otra escalada de Espronceda en El estudiante… que tanta popularidad le proporcionó. Pero el autor no oculta esa deuda: por si no bastarán para confirmarla el tono, las formas, las rimas, la «intromisión» de un cuadro dramático en una de las partes, etc., Negrín coloca estrofas de El estudiante… como lemas introductorios a las partes segunda, tercera y al epílogo. Es el Tres muertes… de Negrín un poema romántico con todas sus características y sus deudas: no sólo Espronceda sino Zorrilla en su Tenorio y los lugares comunes de los dramas románticos en verso. Sin embargo, el juvenil texto está bien construido, la acción es ágil y bien estructurada y no falta emoción lírica cuando la ocasión la requiera. Si todo en Tres muertes por un amor suena a tópico y a conocido, nada desmerecer ante tantos otros poemas narrativos que el romanticismo inspiró.
Poesía del mar
«Colección de cuentos marítimos en verso»
Ofrece el título una colección de treinta poemas. En los cinco primeros el mar tiene el protagonismo que era de esperar. “Al mar» se titula el primer poema, al mar se refiere la dedicatoria del libro que sirve de marco al libro y en los ambientes marinos se desenvuelven los otros cuatro poemas narrativos extensos que abren la colección. El resto de los poemas del libro se alejan del título y del subtítulo. Se trata ahora de poesía lírica inspirada en distintos motivos, desde el serio patriotismo o asuntas más ligeros y composiciones humorísticas y desenfadadas.
El tema del mar
El poema «Al mar» que inicia el libro es, con justicia, el más celebrado del autor. Con él rinde Negrín espléndido tributo a uno de los temas centrales de la lírica insular. En 26 rotundos y sonoros serventesios de catorce sílabas, el poeta marino dirige sobre el océano una mirada amplia, abarcadora, casi panvisionaria, rica en notas efectistas de color, de luz, de música. Más allá de los logros formales, lo más atractivo del poema reside en la autenticidad de la voz poética identificada vivencialmente con el medio marino.
(…)
Mecido en los espacios sin límites que encierra
Tu vasta superficie desde mi infancia fui,
Trocando por tus ondas la afortunada tierra
Aurífero y ameno vergel donde nací.
(…)
¡Oh mar, cuánto te adoro! tus hórridos bramidos
Mis sueños arrullaron con su estentóreo son,
Y el austro sacudiendo los cables retorcidos
Bañó en un soplo ardiente mi rauda inspiración.
Yo vi sin movimiento de tu argentina espalda
Los velos transparentes teñidos en azul,
Como un inmenso lago de plata y de esmeralda
Sobre el que tiende el cielo su misterioso tul.
(…)
Yo vi sobre los flancos cruzar de mi barquilla
La lumbre pavorosa del rayo brillador;
Y al retumbar el trueno crujir la débil quilla
Y el destrozado mástil con hórrido fragor.
(…)
Te he visto en tu grandeza, cuando imponente al cielo
Montañas espumantes elevas con furor;
Te he visto cuando humilde reposas de tu anhelo
En traspasar el linde que te marcó el Señor.
(…)
Tú tiene tu lenguaje, tu música, tus ruidos
Que expresan misteriosos tu insólito anhelar;
Si ruges, en los montes retumban tus bramidos,
Si lloras, en las playas rubricas tu pesar.
Yo entiendo tu lenguaje, yo al canto de tus olas
Mis penas incesantes, Océano, arrullé,
Y al ver como en la tarde tu espuma tornasolas
El velo de una Virgen sobre tu faz miré.
Yo voy de tu susurro la triste melodía,
La misteriosa endecha con fe a reproducir;
De tu furor los ecos cuando en la noche umbría
Desciende la centella tus seños a entreabrir.
Mi lira abandonada, con armonioso acento
Tal vez para cantarte me vuelva a responder;
Mas presta a mis canciones ¡oh mar! el sentimiento
Que colosal preside tu omnímodo poder.
(…)
Sí, Océano impetuoso; para cantar tus iras
Desploma turbulento tus olas sobre mí;
Mi voz será la tuya; los versos que me inspiras
Dirán lo que extasiado sobre tu faz oí.
(…)
No rompas turbulento las ondas espumantes
Que agrupas tormentoso rugiendo sin cesar;
Calma un momento, calma, tus senos palpitantes
Y escucha en mis cantares tu excelsitud ¡oh mar!
«La noche en calma» es nuevo poema-escena de inspiración marina que la voz poética presenta. En la suprema calma de la noche en altamar, un marinero contempla al coloso dormido, y entona una canción: siete octavillas dibujan la serenidad del paisaje y siete estrofas de seis versos quebrados entonan el canto. Una octavilla final quiebra el éxtasis del momento recordando que el gigante sólo duerme; y que tal vez despierte rugiendo.
(…)
Mírale y le ve dormido,
Grande siempre hasta en su sueño,
Imponente como el dueño
Que encadena su furor:
Blandamente en lontananza
Tiende sus móviles tules,
Velos diáfanos y azules
Ondulantes enredor.
Sobre su faz cristalina
Que la de un lago semeja,
Tibia la lumbre refleja
Del misterioso fanal
Que en la bóveda prendido
Del firmamento estrellado,
Parece un sol enclavado
Sobre algún trono imperial.
(…)
Los astros, el mar, los cielos,
Todo en amorosa calma
Brinda mansamente al alma
Religiosa inspiración.
Mientras lanza el marinero
Con sus peligros ufano
Sobre el desierto Oceáno
Su tristísima canción:
Boga, boga mi barquilla
Que ya brilla
Sobre el horizonte el sol;
Y en su luz la verde loma
Tintas toma
De magnífico arrebol.
(…)
Los poemas narrativos
Como dijimos, los cuatro primeros poemas narrativos que contienen el poemario que nos ocupa tienen ambiente marino. En realidad, como indica el autor en el subtítulo del libro, se trata de «cuentos marítimos en verso» que rinden tributo a la moda de los relatos folletinescos nacidos de los modelos extranjeros (franceses, en especial) que se divulgan en España en la época romántica. Fácil es suponer, dado el temperamento extrovertido y abierto de I. de Negrín, su gusto por estas narraciones; de ahí la tentación de imitarlas insuflándoles mo propio el conocimiento directo de los ambientes marinos que describe. El poema narrativo «El negrero», 633 versos, se estructura en cinco partes que son otras tantas unidades de contenido de un folletinesco y elemental argumento: una historia de agravios de honor (al fin saldados) de esposas infieles y alevosos ingleses. La métrica del poema se ajusta a las unidades de contenido en adecuada polimetría: octavillas, romances y quintillas para la narración o el diálogo; romance heroico para la descripción de la tormenta y la batalla; redondillas agudas para el reencuentro, el perdón y el llanto. La historia está hábilmente construida desde el inicio in media res, el atractivo del diálogo directo -abierto, directo y ágil-, el ambiente tan propicio a confidencias e «historia viejas» de una la taberna portuaria, y el climax del enfrentamiento de los viejos enemigos. Todo ello entre el fragor del abordaje marino. Observemos la fluidez del diálogo y el verismo de la pintura del ambiente de la taberna en estos versos.
(…)
-Los ingleses, uf! qué horror!
Qué orgullo tan atrevido!
-Para la mar, concedido;
Pero en tierra, no señor.
– ¿De veras? -Sí. -Capitán,
Decís eso de tal modo…
-Bah! como lo digo todo.
-Bien puede ser; pero están
Presentes aún… -¿El qué?
-En mi colosal memoria…
-¿Qué decís? -Nada, una historia
Que os toca de cerca a fe.
-Contádmela, pues. -Sin duda,
Pero bebamos primero:
Este mundo es muy artero,
Capitán, y el vino ayuda
A sobrellevar los males
En la paz como en la guerra,
Lo mismo por esta tierra
Que en los desiertos glaciales.
(…)
«La Condor» es nuevo «episodio marítimo» narrativo (374 versos y siete unidades de contenido separados por signo gráfico) de luchas de piratas y buques ingleses cuyo protagonismo corresponde ahora a la goleta que da nombre al poema y a su capitán pirata, quien prefiere morir y destruir la nave que permitir que se apodere de ella «el enemigo inglés». De nuevo, la polimetría resuelve los ajustes de la sucesión de los episodios: el arte menor plantea la historia y resuelve su evolución y el arte mayor detiene la acción en los momentos del clímax (romance para el planteamiento de la historia; redondillas para la focalización de la misma en un momento determinado; romance endecasílabo para el diálogo indirecto central; de nuevo redondillas y romance para la sucesión de la historia; y serventesios de rima aguda en los pares para los momentos de emoción finales. Observemos, en breve muestra, la agilidad de los versos que presentan la historia, pareja la de la goleta protagonista; también, la efectividad del diálogo indirecto en el clímax del engaño al inglés del centro de la acción y la fuerza de las cuatro estrofas finales:
Aterraba las riberas
Que marca el mar desde Boston
A la ardiente Venezuela
(…)
Y la Condor mientras tanto,
(Que así la crónica reza
Denominaba el pirata
a su famosa goleta)
Siempre activa, siempre ufana,
Temible cuanto ligera
Cruzaba mares y mares
Sin otro plan ni cautela
Que correr el viento en popa
O perseguir una presa
Rica en perlas de Golgonda,
De Orientales frutos llena.
(…)
¡Por Dios! Le dijo el capitán pirata
Al comandante del bajel inglés,
Que por poquito entre la niebla oscura
Nos escurrimos sin podernos ver.
Y a fe, lo hubiera deplorado mucho,
Que si abundantes víveres tenéis
No será malo que me deis algunos,
Pues ni galleta tengo en mi bajel.
Tres meses hace que salí de puerto
Y el mismo tiempo, si recuerdo bien,
Que ni a mis gavias he tomado un rizo,
Ni en playa alguna el áncora largué.
Buscando voy a la Condor pirata,
De alto renombre, como ya sabéis.
(…)
-«¡Hola! les dijo con talante fiero
«Celebro que me hagáis tan alto honor;
Venid a ver cómo impasible muero
Volando por mi mano a la Condor.»
Aún en alas del eco resonando
Iba la voz del torvo capitán,
Y en piélagos de llamas estallando
Reventó la goleta en un volcán.
El mar en calma, enrojecidas olas
Al choque estremecido levantó
Velando el humo denso las corolas
Que la ferviente espuma amontonó.
Y al asomar el sol en el oriente
Quedaba de aquel duelo singular
La fragata fondeada solamente
Y esparcidos fragmentos sobre el mar.
«El capitán Wolf» es un nuevo «cuento marítimo» de Negrín formado por seis capítulos y 585 versos. Por si alguna duda hubiera de la inspiración de estos textos narrativos de Negrín, indica el autor que se trata de «una traducción libre de Eugenio de Sue», no alejada por el tema del marco de los «misterios» que las traducciones del autor francés pusieron de moda, entendiendo por “misterios” el sentido de «secreto» o «sutiles motivaciones psicológicas» que fue recibiendo a partir de su sentido inicial.
La configuración literaria de Negrín sitúa al texto de Sue en la línea del resto de las anteriores narraciones: adecuada polimetría para la mayor agilidad de la narración, descripciones bien resueltas, ritmo argumental eficaz en el desarrollo de la trama. En el argumento, de nuevo el marco de la taberna con el auxilio del vino da pie para desvelar historias pasadas de amor y de remordimientos, que acaban en sangre. Los detalles desvelan la presencia del texto original de Sue: como la excesiva complicación folletinesca de las situaciones que lleva a un duelo a muerte entre amigos; como el excepcional enriquecimiento de las notas ambientales para acentuar extremos, como el de la tumultuosa orgía en la taberna («Rompiéronse las botellas/ Quebráronse las vajillas/ Siguió en crescendo el tumulto./); o como la inusual presencia del retrato de los protagonistas: austero el masculino («Mi nuevo amigo era un hombre/ De franca fisonomía,/ Inglés, rubio, talla esbelta/ Frente serena y altiva,/ De edad treinta primaveras/»), sensual y tópicamente voluptuoso el femenino, una mujer «de la América Austral»
… sus ojos garzos
Destellaban la luz de las pasiones
Que bajo el pecho cándido y nevado,
Como en el seno ardiente del Vesubio
Germinaban sus sienes abrasando.
Tersa la frente, rosa en las mejillas,
Blanco marfil entre los rojos labios
Y en magníficas ondas el cabello
Sobre un cuello de cisne destrenzado.
«Los contrabandistas» es la historia de la equivocación del patrón de un buque guarda-costas que se deja sorprender por unos contrabandistas y es condenado a la cárcel tras el consejo judicial correspondiente. Dentro de la tónica general de los «cuentos» que venimos analizando, habría que destacar en éste algunas singularidades. Así, la narración es más corta (285 versos en tres unidades) y la polimetría está menos acentuada (sólo redondillas y romances octosilábicos); el asunto es mucho más «cercano», y no sólo por los espacios (se reducen a Cádiz y su costa) sino por la «intromisión» del narrador que, bien se dirige al lector con amistosa connivencia («Pero no todo en un día/ Lector se va referir./» «Pues señor, volviendo al cuento/ que dejamos en mantillas/»), bien se manifiesta en digresión reflexiva en el tono poco convencional y hasta irónico y desenfadado que vamos a observar y que el enlace con la narración subraya:
¡Oh Fortuna! Inestable diosa
Fiel trasunto de las hembras,
Siempre altiva, inexorable,
Siempre veleidosa y pérfida!
Tus caricias son engaños,
Tus palabras son arteras,
Tus hechuras deleznables,
Tu inconstancia sempiterna.
Y sin embargo, los hombres
Van ansiosos tras tu rueda
Anhelantes, incansables,
Ojos fijos, boca abierta
Los brazos a ti tendidos,
Con nerviosa persistencia.
(…)
Y aquí encumbras un ministro,
Allí un general despeñas,
O un parlamento destruyes,
O un nuevo monarca elevas,
Siempre rápida, invisible,
Sorda, muda, torpe y necia!…
¡Fortuna infiel!… Mas dejando
Digresiones y sentencias,
Pues ni pretendo ser docto
Ni procuro que lo crean,
Vuelvo a los contrabandistas
Y al patrón, de cuya adversa
Fortuna en aquella noche
Se originó esta leyenda.
«Una mujer como hay muchas» es la última de la narraciones de este poemario; de entre ellas es la más extensa (755 versos) y la más netamente estructurada en capítulos, que van del uno al sexto y presentan lemas introductorios individuales. De nuevo, la polimetría diferencia unidades de contenido: así la aparición del romance en el primer capítulo de la presentación e inicio de la trama narrativa; las octavas del segundo para describir la tormenta y el rescate; las quintillas en la declaración amorosa del tercero y el romance en el proseguir de la historia en este capítulo y en el cuarto; las octavillas en el quinto; y la presencia del verso de arte mayor para cerrar la parte solemne del capítulo sexto (endecasílabos asonantados) haciéndola seguir de un improvisado «epílogo» en octosílabos. Ahora la narración se sitúa «en tiempos remotos» y se centra en los amores de un pirata argelino y una doncella española de alta alcurnia, amores nacidos y culminados en ambientes marinos de tormentas y de combates fieros.
Sin embargo esta narración difiere esencialmente de las demás en la acentuación de algo que ya se apuntó en la anterior: el tono más que irónico, burlón y desenfadado que asoma más o menos abiertamente en diversos momentos del discurso narrativo. Ya se atisba en el título (síntoma -por cierto- de cierta misoginia burlona que algún extremo del texto permite corroborar) y en el tono humorístico de los distintos lemas de los capítulos: como el «Todo lo vence el amor; hasta a los piratas» del tercero, tras una cita de Victor Hugo («Je suis un malhereux qui vous aime d´amour»); o la evocación burlona del dicho popular en el capítulo cuarto «Cuando quise no quisiste/ Ahora que quieres no quiero, etc.»; o tras los conocidos versos -demoledores- de Byron, en el capítulo sexto, la libre traducción: «El matrimonio nace del amor, como el vinagre del vino…».
El poema parece haber sido escrito como un divertimento dirigido a un lector cómplice que recibe con agrado irónico la versión iconoclasta de temas y modos tópicos de la narrativa en verso propia del romanticismo y que reconoce en el texto el remedo de los lugares comunes de los maestros Zorrilla y Rivas. Podría situarse el texto en la línea de la aparición de las primeras burlas sobre los excesos románticos que indican el principio del fin del movimiento.
Intentaremos ejemplificar algo de lo dicho de modo sucinto.
La iconoclastía de los modos de Negrín puede apreciarse, por ejemplo, en el inicio del poema, cuando para ubicar los «tiempos remotos» de lo narrado intercala, por contraposición, la realidad socio-política del tiempo de la escritura:
Éranse tiempos remotos,
Cuando las costas surcaban
De Algeciras y Valencia
Mil galeras musulmanas.
(…)
En aquel tiempo, decimos,
No le había ocurrido a Francia
que Argel fuese una colonia.
Ni que Beaumont lo tomara,
(…)
No había entonces en los puertos
Esas tremendas escuadras,
Esos flotantes castillos
Parto de la soberana
Inteligencia del hombre
Que cuanto pretende alcanza;
Ni el vapor, ni el magnetismo
En el mundo figuraban
Ni telégrafos, ni túnel
Ni convenios de Vergara
Ni próceres, ni Estamentos,
Ni elecciones, ni jaranas,
Ni Kadetzkys, ni Mazzinis,
Ni Koksutks, ni calabazas.
Entonces había conventos
Que, por cierto, no soñaban
Que viniese Juan-sin puertas
A quitarles las campanas.
También puede apreciarse cuando avanzado el capítulo segundo y a la altura de la octava veintitrés interrumpe la narración con esta salida de tono «metaformal»:
Y aquí corto mi canto, que no quiero
Que importuno me llamen y pesado,
Continuado este metro majadero
Que es un metro además endemoniado.
Mis versos octosílabos prefiero
Con el dulce romance asonantado,
Y pidiendo perdón a los Ercillas
Me vuelvo a mis cuartetas y quintillas.
Pero, Por Dios! antes de dar remate
A las cuantas octavas que he zurcido
He de decir que el moro hecho un orate
Al ver a Doña Luz en el perdido
Barquichuelo, el solemne disparate
Hizo de enamorarse, (…)
Vuelve a repetirse el mismo efecto al final en el cierre del capítulo en que se corta de este modo la narración:
Dejarémosle que bogue
Sobre la azul y tendida
Superficie de las aguas,
Mientras mi musa respira,
Que por Dios, ya estoy cansado
De tanto asonante en ía.
Salidas de tono semejantes se repiten en diversas ocasiones: como en torno al comentario burlón del respeto por la dama que guarda el moro:
Cosa singular, sin duda,
Mucho más en un pirata
Y argelino por apéndice
Cuando en nuestro siglo se hallan
Tantos corsarios que cruzan
Sin pabellón, ni oriflama,
Y allí abordan donde encuentran
El honor de cualquier dama,
Sin preguntar procedencia
Ni encomendarse a la aduana…
(…)
Viendo por fin nuestro moro.
Que llamaremos Ben Zaya,
Estrellarse sus caricias
sus riquezas y sus galas
En la roca indestructible
De aquella virtud sin tacha
Tomó el partido… Lectores,
Apuesto cuarenta octavas
De pie forzado y un dístico
Laudatorio, que es la plaga
Más grande para un poeta,
A que os andáis por las ramas
Sin encontrar el partido
De que ahora mismo os hablaba.
También apuesto un soneto
Acróstico, a que pensabais
Que el hijo de los desiertos
Cansado de almibaradas
Repulsas, adoptó el medio,
Como las tropas cosacas,
De parar el Pruth y habérselas
En descomunal batalla
Cuerpo a cuerpo con la joven;
¡Y por Dios! que en esto andara
Mas cuerdo, asaz y discreto,
Que al fin y postre no es mala
Posición la del que vive
Sobre el país que le agravia.
Pero no señor; el moro
Con la mente trastornada
El corazón hecho almíbar,
Perdido, en una palabra,
De amores, y en consecuencia,
Emborricado hasta el alma,
(…)
Torció el rumbo, punto adonde
Dijo ella que la llevaran.
No faltan comentarios desenfadados al hilo de la narración; como el que se intercala a propósito del comentario de la felicidad, que «Mas como haberla completa/ Es una cosa no vista/ Desde que Adán y consorte/ Cometieron la maldita/ Torpeza de la manzana/ Que no cuento por sabida/.»
La misoginia burlona que apuntábamos asoma, esquinadamente, para anunciar un inesperado cambio de viento en el mar («¡Pero infeliz del que fía/ En el viento y en las aguas!/ Infeliz del que a las hembras/ Entrega la paz del alma/ Y a la olas su barquilla/ Y a las nubes su esperanza»). O para insistir familiarmente en la volubilidad femenina: «… ¡que así son todas/ Las que visten por arriba!/ ¡Ay, mujeres! Si los hombres/ Estudiaran la cartilla!/ Pero bah! ¿quién es el sabio/ Que al miraros no se olvida/ Como Adán del mundo entero/ Por probar?…/». O para insistir más adelante «Y que es la mujer veleta/ Que hacia todas partes gira/».
Por fin, observemos -en breve muestra- algunas ironías metaliterarias; como la que imita los finales «en suspensión» de los episodios folletinescos con el remate expectante del capítulo quinto: «Fue Abén-Zaya a la galera/ Capitana conducido…/ ¿Qué fue lo que allí el herido/ Con sorpresa llegó a ver?/». O como la que se encierra en las quintillas de la declaración amorosa, concatenación sin fin de lugares comunes perfectamente identificables e intencionadamente paródicos:
Depón el furor cristiana,
Y mírame sin enojos
Con esa faz soberana;
Que estoy muriendo sultana,
Porque me miren tus ojos.
(…)
¿Qué delito he cometido
Que te pudiera ofender?
¿No estoy a tus pies rendido
Y a obedecer decidido
Tus caprichos de mujer?
(…)
¿Porqué desde que te vi
Mi corazón te adoró?
¿Por qué al mirarte, hacia ti
Voló mi esperanza, di,
Quedando sin ella yo?…
(…)
Yo tengo joyas y fieras,
Y arabescos miradores;
Tengo bosques de palmeras
Que se columpian ligeras
Entre millares de flores.
(…)
Todo es tuyo, nazarena,
La del mirar de paloma,
Bella y cándida azucena
Que abre su cáliz serena
Sobre la alfombrada loma.
¿Lloras? Recuerdo incesante,
Viéndote en remota orilla
Quizás te agita punzante
De algún venturoso amante
Que te aguardará en Castilla.
(…)
La poesía lírica
Gran parte de los poemas de Poesía del mar se encuadran en el marco de la inspiración lírica en variados temas y tonos. El análisis de las composiciones va a confirmar que no es la musa más ajustada al temperamento poético de Negrín aquella reflexiva y lírica, la que precisa concentración y ahondamiento internos. En el intento por conseguirlo, los poemas resultan tópicos, superficiales, poco convincentes. Y puede apreciarse en ellos tonos cercanos a los de la llamada «poesía realista» que ya se dejaba oír con fuerza en España.
Poemas de inspiración amorosa en marco romántico muy cercano al más brioso Byron y al más gesticulante Espronceda es «¡Miserrimus!», una composición de exagerados tonos que se estructura en diez serventesios de catorce sílabas con rima aguda en los pares. Si todas las estrofas rinden tributo a los maestros citados, las cuatro últimas, que se inician con el recurso anafórico de «Me gusta…» siguen muy de cerca a las composiciones consideradas apócrifas del poeta extremeño. Observemos la primera estrofa de la composición y la primera de estas cuatro últimas.
¡Óyeme… yo te amo! la fiebre me devora
Un sed incesante me abraza el corazón!
Para vivir muriendo… maldita sea la hora
En que la luz del día mi cuna iluminó.
(…)
Me gusta ver un campo sin flores ni arroyuelos,
Por ásperas montañas las fieras perseguir,
Me gusta en nubarrones envueltos ver los cielos,
Y en inflamados hornos sus bóvedas abrir,
(…)
En contraposición al anterior, el poema «A una estrella» presenta tonos suaves presenta para cantar el lugar común del ansiado acceso a una inalcanzable estrella. Todo ello en seis décimas de rima excesivamente fácil.
Más afortunados, dentro de la sencillez, son los poemas de la reflexión. Reflexión amorosa es la de «Misterios del corazón» un poema en ocho redondillas, cada una de las cuales encierra un motivo independiente, todos ellos tópicos («¿Por qué en torpe confusión,/ Verdugo de nuestra calma/ Siendo superior el alma/ Vence siempre el corazón?/ ¿Por qué amar para sufrir/ Y sufrir para olvidar,/ Y siendo el vivir penar/ Penar tanto por vivir?/».
De simplista calificaríamos la reflexión que se contiene en «El álbum de mi amigo Claudio F. Sarmiento», tres décimas que aluden a las tres etapas vitales del hombre; la segunda dice así:
Cuando en el ardiente estío
De la edad viril, el hombre
Corre ciego tras un nombre
Que soñó su desvarío,
¡Qué tenacidad, qué brío
En su insensata pasión!
¿Con qué voraz expansión
Corre, finge, adula, aterra,
Sin otro norte en la tierra,
Sin más Dios que su ambición.
Acentos más auténticos pueden hallarse en algunos poemas de estos poemas lírico-reflexivos. Así, en las doce estrofas aliradas de «Conmemoración», que tienen como asunto el recuerdo de la madre desaparecida y que deviene en recorrido vital por las posibles frustraciones del poeta: «Hay seres desgraciados/ Que para el llanto y el dolor nacieron;/ Capricho de los hados/ O castigo tal vez de los que osados/ A la Razón Eterna desoyeron/»). Así, en «Meditaciones», una reflexión poco original sobre el paso del tiempo, que acaba en poema religioso y acaba en plegaria.
«A la temprana muerte de la joven poetisa canaria Fernanda Siliuto» ese el título de un sentido poema en cinco octavas aliradas de acentos tan sinceros como parece ser el dolor que la inspiró. Observemos la última estrofa.
Duerme en paz… No te lloro, que la vida,
Triste y falaz quimera
Que tanto amamos y al placer convida,
No vale una lágrima siquiera.
Dichosa tú que la tranquila calma
Fuiste a buscar del cielo:
Mucho ha perdido de mi patria el suelo,
Mucho ha ganado, pobre niña, tu alma.
Entre las más afortunadas de las composiciones líricas de Negrín han de situarse las tituladas «Suspiros» y «El espíritu». Son composiciones en silvas que cantan los afectos ausentes el primero, y al genio que anima al creador el segundo. Observemos los primeros versos de «Suspiros»:
¡Volad, suspiros, y del viento en alas
El espacio cruzad! Volad ardientes
Y atravesando las etéreas salas
Posad vuestro perfume y vuestras galas
De mis dos querubines en la frente.
Decidles ¡ay! que aunque en la lejana orilla
Donde un sol tropical tuesta la arena,
Siempre en mi corazón fulgente brilla,
Como en la noche límpida y serena
La luna plateada,
Un rayo de esperanza;
Y siempre en lontananza
Distingo entre fantásticos vapores
Que el sol de Iberia con su lumbre baña,
Las costas hermosísimas de España
Donde esperando viven mis amores.
Los últimos versos de «El espíritu» dicen así:
Yo inspiré a Leibnitz yo di a Descartes
El secreto del Genio; y yo fui solo
Quien la mente de Newton llevó un día
En alas de la excelsa astronomía
A discurrir del uno al otro polo.
Yo nunca moriré; jamás del hombre
Separaré mi influjo fecundante;
Ni tirano arrogante
Ora se eleve de plebeya cuna
O en dorados alcázares la ostente,
Podrá elevar su frente
Donde mi luz con su fulgor alumbre:
Que no hay poder que a mi poder derrumbe!.
No logra hacer válidas dos composiciones demasiado tópicas la evidencia de la sinceridad que se aprecia en los versos: así, «A Mercedes», composición en seis quintillas dedicado a la hija ausente; así, en la plegaria «A Nuestra Señora del Carmen» Coherentemente con las cualidades literarias de Ignacio de Negrin, uno de los poemas más atractivos de los que podemos llamar líricos en Poesía del mar, se acerca al tono de la narración: una canción de tema oriental titulada «La esclava», que condensa en tres octavas el triste canto de amor de una esclava olvidada en el harem. Observemos la primera y última estrofas:
Triste de mí que en el Harem perdida
Entre arabescas joyas olvidada
Muero de amor, y nunca una mirada
Puedo obtener de mi imperial Señor!
Triste de mí que sin cesar gimiendo
Tiemblo al sentir su conocido paso,
Y esperándole estoy desde el ocaso
Hasta que asoma en el Oriente el sol.
(…)
¡Ingrato, ingrato! y más que ingrato ciego
Cuando al mirar mis ojos encendidos
Y contar de mi pecho los latidos
No adivinó que moriré por él!
Permita Alah que mi postrer suspiro
Le revele mi amor y mi tormento,
Y que sus labios en aquel momento
Mis labios toquen la postrera vez.
Los poemas de inspiración patriótica
Más adecuados a la particular inspiración de Negrín son los poemas de inspiración patriótica.
El «Himno a la escuadra española con motivo del combate y bombardeo del Callao» y «Trafalgar» son composiciones paralelas (una alegría, otra lamento) en silvas de atractivo vigor. En ellas la voz poética, en apóstrofe directo, reviste de sinceridad y de emotiva inmediatez al tema, a pesar de su evidente retoricismo. El primero comienza así:
¿En dónde están, en dónde
Los que el villano pecho ardiendo en ira
Hasta el valor ibérico negaron;
Aquel valor que en las revueltas horas
De Levanto clavó las españolas
Insignias que dos mundos saludaron?
¿En dónde están, en dónde?
Pero ¿no oís? … el bronce en el Callao
A sus calumnias ínclito, responde;
De nuevo en Trafalgar lauros florecen
Que apeteciera el griego en Salamina,
Y en sus heladas cumbres se estremecen
Los mares de Churruca y de Gravina.
Observemos la similitud de los tonos y de las formas en el comienzo del «Trafalgar»:
¡Nelson y Trafalgar!… fúnebres nombres
Que repiten las ondas todavía
En su incesante hervir con honda pena,
Rompiéndose en la arena
De la feraz y ardiente Andalucía.
¡Trafalgar! ¡Trafalgar!… ¿Dónde las naves
Están que poderosas
Tus agitados montes oprimieron,
Y en tu movible espuma
Con gentileza suma
Las órdenes marciales extendieron?
¿Do está, do está la omnipotente armada,
Conjunto de bajeles que lanzaron
En su fecundo afán tres arsenales
A las revueltas olas,
Magníficos y ardientes pedestales
De las temidas armas españolas?
«Roma y Cartago», que el autor subtitula apropiadamente «Fantasía», es una recreación fantasiosa de la situación histórica que indica el título, ahora adecuada a la situación política del tiempo de la escritura: Inglaterra será la nueva Cartago, que actúa como aquélla lo hiciera frente a Roma, representada aquí por Francia. El poema se estructura en dieciséis liras que se reparten la presentación de los hechos en apóstrofe directo (dos primeras estrofas), la voz directa del orgullo inglés (cinco liras), la reflexión advertidora del poeta (siete nuevas estrofas) y, para cerrar el poema, la voz de Francia. La mezcla de tonos narrativos y reflexivos, la presencia cercana de los hechos y sus protagonistas en diálogo directo, la autenticidad y vigor de los tonos contribuyen a la eficacia de este logrado poema. Observemos dos distintas apelaciones directas: la que se dirige al lector en las dos primeras liras, y el tono apostrófico de la que se dirige a Inglaterra en las estrofas centrales del poema.
¿Oís? ¿que sordo amago
De guerra y sangre al horizonte asoma?
¿Será el murmullo vago
De una nueva Cartago
Que en frente mira otra potente Roma?
¡Tal vez!… -Ya de Inglaterra
Flota el rojo pendón sobre la popa
De mil naves de guerra,
Con que atrevida cierra
Las puertas de los mares a la Europa.
(…)
¡Albión! ¡Albión!… ¿Qué esperas?…
¡No te pierda tal vez tanta arrogancia!
¡Ay de ti si altaneras
Se desprenden a hendir raudas esferas
Las imperiales águilas de Francia!.
Sendos tributos históricos, a Cristóbal Colón y al potente Bonaparte, encierran los sonetos titulados «La fe» y «Potente».
Envueltos ambos en tonos de admiración encomiástica, el primero adolece de cierta endeblez formal mientras el segundo se resuelta mejor, tal vez porque la desgracia final del motivo permite un mayor ahondamiento, del que resulta el epifonema que cierra el segundo terceto. Observemos el poema «Potente»:
Genio sin par, en ambiciosa gloria
Henchido el corazón desde la cuna,
Tiende el vuelo a eclipsar una por una
Las páginas brillantes de la Historia.
De Annibal oscurece de memoria,
Brilla su estrella cual brilló ninguna,
Y a su carro encadena la Fortuna
Que la proclama Dios de la victoria.
Desde las anchas márgenes del Sena
Su sombra se engrandece, y soberana
Envuelve a Roma y a Berlín y a Viena;
Pero al soplo de Dios la sombra vana
Desaparece triste en Santa Helena…
¡Lección divina a la soberbia humana!
Las composiciones humorísticas
En Poesía del mar se deja asomar la vena humorística de Negrín en dos composiciones. Son ambas «Epístolas» en tercetos encadenados dirigidas a sendas señoras. La «Epístola I. A C…» se acerca al tono reflexivo superficial de la poesía realista y aparece envuelta en similar ironía; algo menos acertada resulta la Epístola II, sin otro título. Pero el desenfado de la composición de Negrín, su inmediatez y hasta su ramplonería, lo alejan de los niveles poéticos que aquellas composiciones podrían tener. Observemos cinco tercetos:
De mis casillas nada hay que me saque,
Ni a trueque de asistir a baile o cita
Cambiara el Raglán por estrecho fraque;
Y a de ser muy discreta y muy bonita
La mujer a quien vaya mi esqueleto
A hacerle al año más de una visita;
Porque no hay para mí mayor aprieto
Que salir a danzar por ese mundo
Dejando abandonado al padre-quieto
Tal vez te causo ya desdén profundo;
Tal vez me llames necio, y botarate,
Y embustero también, y vagabundo…
Sea enhorabuena, Carmen, tal quilate
Me causará un pesar que iré extinguiendo
Con tazas de exquisito chocolate.
Los poemas de la prensa
Decíamos que Ignacio de Negrín publicó varios poemas en los periódicos. Algunos de ellos no están recogidos en los poemario analizados anteriormente, aunque la mayoría de las fechas son anteriores a aquella edición.
En El eco del Comercio (16-2-59) se publico un extenso poema que compuso el autor inspirado por el amor a la patria chica al arribar a Tenerife a bordo del Narváez por motivos profesionales. El poema se titula «A mi patria», se estructura en silvas, y es un himno al Teide y un homenaje a Tenerife y al recuerdo de su madre. En el desarrollo de los motivos, y aunque no faltan lugares tópicos, destaca la fuerza y la autenticidad de los tonos.
Observemos algunos versos:
¡El Teide!…¡El Teide!…¡Allí está!; aunque mudo
Siempre altanero tu cerviz levantas
A dominar las fértiles gargantas
Del suelo en que nací… ¡Yo te saludo!
(…)
¡Cuan eminente brilla
Tu secular y encanecida frente
A los rayos del sol. ¡Con qué arrogancia
Desde el ocaso al encendido oriente
Dominando del mar las turbias olas
Elevas tu cerviz cráter sonante
Que suspendido sobre el mar Atlante
Humilla las playas españolas!
¡Émulo del Vesubio! Si un momento
Puedes calmar la abrasadora llama
Que hierve en tu interior, mi dulce acento
De nuevo escucha, y mi cantar inflama.
(…)
¡Oh, siempre Patria mía
Con delirio te amé!
Solo y errante
Del Nervión en las costas solitarias
Donde asienta sus plantas el Pirineo
Recordaba las cumbres de Canarias
Que en tintas primorosas
Pintaba enardecido mi deseo,
Tu guardas, ¡ay! de mi primera infancia
Suelo hermoso y querido
La exquisita fragancia,
La dulce aroma y hálito encendido
Que brota el corazón en su pureza,
La enredada maleza
De tus campos, tus huertos y jardines
Que recuerda constante mi memoria;
(…)
Tu memoria y tu nombre bendiciendo
Cual pájaro marino
Que errante acaso entre las etéreas salas
Reposa un punto en el escollo ufano,
Y desplegando desde allí sus alas
Se lanza nuevamente al Oceáno.
Aún publica tres poemas en El guanche: «Crepúsculo» («las nubes se arrastran») nº 96, 5-11-59; «A Cádiz» («Orillas del undivago Océano») nº 102, 5-12-59; y «A N. S. de los Dolores» nº 102, 5-12-59. En «El noticioso de Canarias» publica «A la memoria de mi amigo Carlos Guigou» («Descansa en paz, Artista! De tu canto…) nº22 , 27-3-52).
En El eco de la juventud, (nº 2, 11-11-47) publica «A la muerte de Emilia».
Los poemas de La Aurora
En la revista La Aurora se publican 13 poemas de Negrín que no pasan a Poesía del mar. Son poemas juveniles, pero plenos de un atractivo romanticismo espontáneo.
En el nº 3 (29-9-47) se publicó el poema titulado «Al buque naufrago. Fantasía» nacido ante el hecho de un buque naufragado que apareció en la Costa de Anaga. En la inspiración del poema se aprecia la presencia del motivo mítico del buque fantasma del holandés errante, y en su forma una eficaz y afortunada sucesión de nueve serventesios de rima aguda en los pares, seguidos de cuatro cuartetos alirados. El poema dice así:
¡De dónde vienes, buque destrozado,
Que acaso sumergiera el aquilón,
Entre las turbias ondas sepultado
Sin mástiles, sin nombre y sin nación?
¿Vienes acaso de lejanos mares,
De antárticas regiones descubrís,
Donde quisiste en tórridos azares
Nevado surco en tu quilla abrir?
¿O acaso vienes de oriental ribera
Dó entre perfumes, mórbido señor,
A la sombra de altísima palmera
Roba a su esclava el virginal pudor?
¡Acaso allá del cielo americano
Tu vela hinchara el ábrego, al salir
Surcando majestuoso el Océano
Que fuera tus costados a batir!
¿Dónde voló la lona blanquecina
Que el céfiro halagara sin cesar,
Y tus robustos mástiles de encina
Que tus banderas vieron tremolar?
¡Qué se hizo, pues, de la atrevida gente
Que tu camino un tiempo dirigió,
cuando tu corva y anchurosa frente
Profundos mares súbita rompió?
Tal vez la causa de tu muerte fueron
Los que debieran tu custodia ser;
Tal vez ilusos resistir creyeron
Del mar la furia y mágico poder!
Tal vez cantando en bacanal orgía
Tu jefe incauto en el placer durmió,
Mientras en medio de la noche umbría
Torcido rumbo en tu embriaguez te dio!
Tal vez corriendo entre confusas nieblas
Vino otro buque tu cerviz a hollar,
Tu seno desgarrando en las tinieblas
Al fiero empuje del airado mar!
Tal vez a impulso de huracán violento
Parduzca roca tu existencia hundió
Y en moribundo aterrador acento
tu cuerpo frágil de dolor gimió!
Y ora infeliz cadáver mutilado
Sobrenadando entre agitadas olas
Tocaste las riberas españolas
Sin susto ni aflicción!.
¿Qué te importa á ti ya que el hombre busque
En tus vestigios tu sangrienta historia,
Tumba flotante, lápida mortuoria,
Sin fecha ni inscripción!
Venga el marino audaz y en tu esqueleto
Fija la mente que el placer desvía
Porque tal vez le tocará algún día
Tu desgracia probar.
Y aquí mirando tus informes restos
A ser aprenda cauto, y cuidadoso
Que solo por prudente es valeroso
El que surca la mar .
En el nº 6 (10-10-47) aparece un «Soneto» de nuestro autor de inspiración y corte clásicos, en homenaje a la más humilde de las flores. Dice así:
Nace la rosa reina entre las flores
Y el ambiente purísimo perfuma;
Y de la mar entre nevada espuma
Venus reina nació de los amores.
Del sol naciente vívidos fulgores
cubren los campos de belleza suma,
Y entre las aves de esmaltada pluma
La oropéndola ostenta sus colores;
Mas si sales al campo oh! Lila pura,
Pierde su resplandor naturaleza
Recogiendo su rica vestidura:
La oropéndola envidia tu belleza,
Febo tu brillo, Venus tu hermosura
Y la rosa tu tierna gentileza.
En el nª 13 (28-11-47) se inserta una «Oda» de Negrín dedicada al «Excmo Sr. D. Segundo Ulibarri», es una «poesía de circunstancias” que la inmediatez de la isla propicia. Comienza así:
Partes ¡ay! y nos dejas!!
Derramen nuestros ojos tierno llanto,
Y lastimosas quejas
Al mirar que te alejas
Exhale el pecho en lánguido quebranto.
(…)
En el nº 14 (5-12-47) se publica nuevo poema de Negrín. Se trata esta vez de un poema reflexivo titulado «El tiempo (Relox eterno y terrible que mide todas las existencias”). Es un largo poema de 122 versos conformado por dos partes; en la primera 20 serventesios reflexionan sobre el inexorable paso del tiempo y sus estragos, en todos los órdenes y edades tiempos; en la segunda 46 versos en romance heroico acercan el tema a la realidad canaria y a la rememoranza de los episodios de la conquista, en tributo -de nuevo- al tema indigenista. Observemos las últimas estrofas de la primera parte y la primera mitad de la segunda:
(…)
Vastos imperios levanto el Oriente,
Templos sin fin, fantásticos jardines,
Donde la esclava su argentada frente
Prostituyera en báquicos festines.
Mas ¡ay! del tiempo rápida girando
La rueda, entre sus dientes roedores
Hundió en el polvo, con furor pasando
Dioses, murallas, templos y señores.
Oh cuando en medio de nocturna vela
Mi ardiente fantasía arrebatando
Hacia otros tiempos presurosa vuela
Sus confusos contornos penetrando;
Halla unos pueblos ricos, poderosos
Dictarse sabias y profundas leyes,
Y en arcos y obeliscos asombrosos
Esculpir las victorias de sus Reyes;
Y luego!.. luego la humillada frente
Prestar gimiendo a las potentes manos
De otras razas feroces, de otras gentes
Que se erigieran cínicos tiranos!…
…………………………………….
………………………………….
También del tiempo la veloz carrera
Sembró trastornos en mi patrio suelo,
Cuando inundado de extranjeras armas,
Se oyó de Marte el belicoso acento.
También aquí de la afligida esposa
Lágrimas tristes sin cesar corrieron,
Y de la tierra amante los gemidos
Los ecos de los valles repitieron:
Aquí también cayeron destrozados
Hundidos en el polvo con estruendo,
Menceyes, Tagorores y palacios,
Tosco tal vez, más patrios monumentos.
Y guay! Tinerfe! que volando sigue
Esa rueda que abate los imperios,
Ese genio que arruina las Naciones,
esa carcoma que minó los templos,
Ese anatema, en fin, que de tus hijos
Dejo tan solo inanimados restos!
Guay! que algún día, Teide majestuoso,
Se lance audaz al Océano inmenso
Y en altos montes de espumosas ondas
Sepulte tus gargantas en su seno.
Guay! que no vengan cual sangriento Atila,
Otros Rejones a regar tu suelo
Con sangre de Doramas generosos,
En ella tinto el acerado peto:
Guarte! no vengan del Albión los hijos
Sus belígeras naves conduciendo,
Y en tus fragosas, y empinadas crestas
Sus rojos pabellones den al viento.
(…)
El nº 17 de la revista (26-12-47) publica nuevo poema de Negrín, una composición de endeble factura. Está compuesto de dieciséis serventesios y dedicado a la madre fallecida con el título de «Un recuerdo. A mi madre.». Comienza así:
Oh madre mía!…Si mi flébil canto
Puede acaso llegar hasta tu oído
En la mansión de celestial encanto
Donde del mundo no penetra el ruido.
(…)
En el número 152 de (19-1-48) aparece una nueva contribución de Negrín al tema de la conquista desde una perspectiva dolorosa de «vencido»: un soneto titulado «Vera y Doramas». Dice así:
En fuego patrio el corazón ardiendo,
Con pieles solamente resguardado,
Reta Doramas en su enojo osado
Al caudillo español a duelo horrendo:
Parte Juan de las Hoces, revolviendo
El fogoso corcel, mas derribado
Por enemigo y rápido Magado
Muere, el laurel de gloria recibiendo.
Vuela el Conquistador, que nunca teme,
Silban dos dardos, páralos, avanza,
Y arroja en tierra herido el Guanarteme.
Así aquel bote de su ruda lanza
Dio, que a los cielos de tal suerte plugo
Muerte a Doramas, a Canaria el yugo.
Bibliografía
ALONSO, M. Rosa, «La literatura en Canarias durante el siglo XIX» en Historia general de las Islas Canarias de Millares Torres, Tomo V, Edirca, Las Palmas de Gran Canaria, 1977, pp. 112-131.
MUJICA, Elías, Antología, 1878
PADRÓN ACOSTA, Sebastián, Poetas canarios de los siglos XIX y XX, Santa Cruz de Tenerife, Aula de Cultura de Tenerife, 1966.
—, Poetas canarios, La Laguna, Librería Hespérides, s/f.
SANCHEZ ROBAINA, Andrés, «Poetas canarios románticos» en Historia de Canarias, III, Cupsa, Planeta, 1981, págs. 111-122.
ROMERO TOBAR ROMERO TOVAR, Leonardo, La novela popular española del siglo XIX, Madrid, Ariel, 1976.

